Esclava nocturna

03 Febrero 2010 por Daniela Toro

Cuando terminaron las clases, me puse a buscar pega como cualquier estudiante que necesita financiar sus vacaciones para hacer lo que se le venga en gana. Este año el espectro laboral estaba arisco y nadie parecía necesitar a una tipa con frenillos en sus filas, sin embargo, de un momento a otro, gracias a “la amiga de la prima de la amiga de una amiga” apareció una oportunidad única, que me hizo correr después de mi dentista a dos cuadras de mi casa en un pueblito llamado La Cruz, cerca de Quillota en la V Región.

Si por el nombre piensan que debe ser fome, imagínense dónde tenía la cabeza o de cuál se había fumado el tipo al que se le ocurrió poner una discoteque en medio de las vacas.  La cosa es que asistí a la famosa entrevista, donde esperé encontrarme con mujeres perfectas que me recordarían mi reciente salida de ataques de ansiedad producto del estrés de fin de año. Por suerte, no sucedió nada de eso.

A las 7 de la tarde hice mi entrada (no) magistral al Club Imperio, en donde me econtré con minifaldas y pechugas al aire, pero ni luces de los cuerpos de argentinas que a cada rato muestran en las noticias. Yo iba de jeans, zapatillas y una polera común y corriente. “Buen comienzo”, pensé.

El dueño, un tipo joven de aproximadamente 28 años, nos llamó una por una a su oficina. Cuando llegó mi turno me dijo “cuéntame” y se limitó a escuchar mi prontuario de trabajos de verano. Después vino lo incómodo. “Párate y date una vuelta, si es posible levántate la polera” (para que se me viera el traste). Más urgida que monja con atraso,  le hice caso a medias, porque mi vuelta duró menos que un candy. Cuando me senté, me dijo que sólo le quedaban 2 vacantes, las meseras. Y acepté encantada de la vida. Aunque claro, tal vez debí rechazarlo.

No todo lo que brilla es oro

Los dos primeros días antes de la apertura de la disco, tuve que ir a ordenar “mi sector”… gratis. No me pagaron ni un cinco. Ni una redbull me dieron. Posteriormente nos llevaron a tomarnos las medidas de los trajes Después vino la negociación del pago, pero fue sólo una forma imperativa de decirme que eran 8 lucas los viernes y 10 los sábados. Para no sentirme mal, pensé que lo estaba haciendo para entretenerme en algo el verano, y no por la plata (claro claro), y me quedé.

Cuando llegó el primer viernes tan ansiado de la apertura oficial, nos citaron 2 horas antes para ordenar la barra y poner los licores que se estaban descargando. Había que ordenar la cocina, poner ceniceros en las mesas, lavar algunos vasos que misteriosamente se ensuciaron siendo que los días anteriores los habíamos limpiado. La faena no terminaba nunca y avanzaba el reloj. Por suerte para nosotras, dieron las 1 am aún no entraba ni un alma.

Cuando terminamos, a eso de las 1.30, nos miramos las caras y nos dimos cuenta que iba a ser una larga noche. A eso de las 4am, había alrededor de 30 personas, en un local con capacidad para 1000. No muy buena volá.

Y así fue lo mismo por los siglos de los siglos, amén.

Backstage discotequero

Como experiencia, algunos cahuines de una disco en general. Las cosas funcionan de la siguiente manera: minas que muestran sus gracias sonriendo sin parar, bailando mientras atienden en la barra, coquetean con los curados, recogen las botellas en medio del sudor ajeno de la pista de baile y ordenan su sector al irse. Lo mío era parecido, pero en versión mesera. A eso se le debe sumar que si ponen a una vieja de 50 años en la caja, que no escucha razones, que se enreda y que no sabe usar el computador, la cosa se complica el doble. Por otro lado (y como sucedió en mi caso), a la disco en cuestión le fue tan mal (al menos hasta antes que me despidieran por “reducción de personal”), que no nos pagaban la noche completa. Me iba con 5 lucas ratonas a mi casa, después de cagarme de frío, recoger puchos del suelo, y estar parada 8 horas con los oídos tapados.

El único día de minuto feliz que recuerdo, es cuando el administrador llegó diciendo que nos preparáramos un copete a nuestra elección, gratis obviamente. Cómo será de rasca, que la señora de los baños se fue porque le pagaban una mierda. Para broche de oro, me tenía que cambiar la ropa en el baño que todos usan, a veces, incluso, en el de hombres. Recuerdo que en año nuevo, a eso de las 8 de la mañana, mientras intentábamos despegarnos los zapatos de los pies y abrigarnos, había una mina vomitando hasta el alma con su “amigo” metido en el baño, mientras  otra loquita nos hechaba enfurecida alegando que nosotras deberíamos tener camarines. Mira tú.En todo caso, esefue el último día que pisé la disco, porque después me hablaron por facebook (no llaman, para ahorrar…) y me dijeron  que no fuera el fin de semana siguiente, hasta que claro, llegó el mail a lo “sobre azul” pidiendo que fuéramos a dejar los uniformes. Las 5 lucas que me debían me las pagaron a fines de enero, entonces entregué mi “jumper” y recuperé mis fines de semana, que, por cierto, en harto tiempo más los volveré a gastar en una disco.

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