¿Hacia dónde queda Tontilandia?

17 noviembre 2009 por Simón Ergas

Jenaro Prieto caricaturaNuestros tiempos están altamente sistematizados. A pesar de excepcionales casos, por lo general una persona nacida en Chile va a la escuela durante su infancia. Luego, si puede, estudia una carrera y, finalmente, la ejerce. Esto es siempre una generalidad, la que por muy absurda que parezca, ocurre. Hay quienes pasan su vida siguiendo las migas de pan que les puso el sistema, pero también los hay quienes siguen el caminito y se van comiendo las migajas, las van saboreando, escupiendo, tragando o moldeando figurillas. Estos últimos son los creativos, los que a pesar del mundo donde fueron instalados, lo modelan a su manera, desde su particular perspectiva.

¿Podría Jenaro Prieto ser considerado uno de estos personajes? ¿Podría serlo alguien que siguió el camino del común de las personas, pero que lo coloreó con tintes de creatividad? Rafael Gumucio, quien fuera el cura buena onda en Plan Z y el bisnieto de Rafael Gumucio Vergara, director de El Diario Ilustrado donde trabajó Prieto toda su vida, escribió una historia del periodismo chileno en la que Jenaro Prieto aparece como un hito por su estilo y sus provocaciones.

¿Quién es Jenaro Prieto? ¿Quién es este monstruo de las letras chilenas desconocido para quien no se mueva en el ámbito del periodismo? Hasta me han dicho que creó su propia revista, pero no he conocido a nadie que la haya visto.

LA PLUMA DETRÁS DE LA P

La historia de este hombre multifacético se remonta al 5 de agosto de 1889, el mismo año en el que nació Gabriela Mistral, cosa que no tiene relevancia alguna. Luego de estudiar en el Colegio de los Padres Franceses de Santiago, como buen familiar de político –bisnieto de José Joaquín Prieto, presidente de la República-, ingresó a la Universidad de Chile a estudiar leyes. Cursó la carrera completa, se convirtió en abogado y su tesis de grado fue llamada “El Hipnotismo ante el Derecho”, de cómo los testigos podían ser manipulados por los jueces estando en un estado de hipnosis. De esta manera, Jenaro Prieto da la primera luz pública de su ingenio y particularidad para ver las cosas.

Pero de abogado tiene sólo el cartón ya que ejerció sólo 3 años como juez subrogante en el campo. En el año 1915, Jenaro, sin experiencia alguna, se arrojó a la escritura y mantuvo un espacio que le ofreció el dueño del Diario Ilustrado por más de 30 años para luego ascender a secretario de redacción; éste es el momento en que comienza literalmente a escribirse la historia del Jenaro Prieto que se recuerda entre los lectores de nuestro país bajo el seudónimo de P. Y ése fue su puesto de trabajo hasta el mismo día de su muerte, el año 1946, un día después de haber redactado su renuncia. Dos años después de su fallecimiento, su colega y amigo Lautaro García publicó un artículo en su memoria:

“Para dominar la emoción pienso en la entereza con que siempre Jenaro Prieto filosofaba sobre la muerte y el horror que le tenía a la tristeza. Como Amado Nervo, uno de sus poetas favoritos,, pensaba que ‘es pecado estar triste’. Por eso, durante toda su vida encubrió con su ingenio inagotable sus tribulaciones interiores. Buen ejemplo me dio a lo largo de más de veinticino años de convivencia, que no alteró ni la sombra de una desavenencia de su dominio ante el dolor. […] Su jovialidad y su aguda intuición para descubrir el lado humorístico de los hombres y los hechos siempre lo defendieron de ‘la pesadumbre de la vida consciente’ de que habla otro de sus poetas preferidos, Rubén Darío”.

No me queda claro si Lautaro García habla de la personalidad o del estilo del escritor. Si bien es una carta de un amigo extrañándolo, describe muy bien cómo solía utilizar la pluma el columnista de opinión del Diario Ilustrado. Quizás Jenaro como persona escondía sus pesares tras el humor, en sus columnas hacía lo mismo. Hacía uso de su ironía y su creatividad Jenaro Prietopara hablar de hechos negativos sin perder nunca el toque de gracia: manifestándose pero a la vez lleno de burla. Enrique Lafourcade lo definió como un “periodista de gran refinamiento en el arte de dar garrotazos directos a la cabeza de sus adversarios, sin abrírsela”. Y si de apreciaciones literarias se trata, Alone, el solitario crítico clásico de literatura chilena, lo trató de “filósofo burlón”, al igual que los otros destacando su perspectiva para encarar los hechos criticables.

Jenaro Prieto solía decir que “en el fondo de cada pipa hay un artículo”. Pero este fumador incansable no sólo vivía de sus columnas. Según Gumucio, fue un hito “también de la literatura, sus novelas son dos libros esenciales, son dos libros muy distintos que además abren un tipo de humor que no existe mucho en otra parte”. Una de sus novelas es El socio, la más conocida. Trata, en pocas palabras, de un empresario que para surgir y realizar buenos negocios, se inventa un socio inglés. Como el autor veía en nuestra sociedad que se idolatraba todo lo que venera de fuera, y sobre todo de Europa, el empresario comenzaba a escalar peldaños junto a su socio imaginario. Pero como toda mentira, finalmente se le va de las manos quedando hasta su propia esposa enamorada de este inglés inexistente. La otra novela es Un muerto de mal criterio, alabada por Lafourcade como la mejor de las dos, “con una trama que deberían examinar, por sus efectos terapéuticos, los ministros de la Corte Suprema. Se trata de un juez que, muerto, sigue administrando la justicia desde el más allá”.

Antes de los años 90, El socio era lectura obligada para los escolares en nuestro país. Hoy en día no lo es, quizás debido a una de sus características que la hacen una literatura reconocida: es de una “vertiente que no ha sido muy fructífera, nace de un manejo de los negocios, que hago con la plata, la estafa, el comercio. Lo que era Chile en ese minuto”, dice Gumucio. Sin embargo, ¿no es Chile esto hoy también? ¿No deberíamos seguir leyendo El socio? Lo mismo podríamos decir para Un muerto de mal criterio.

POR SOBRE LA TONTERA DE LA CENSURA

Jenaro Prieto trabajó toda una vida en El Diario Ilustrado, además era amigo del dueño y en sus columnas ejercía duras críticas contra los gobiernos de turno. Encajaba perfecto en ese medio, tomando en cuenta que Gumucio me aclaró que “era un diario vivo con una misión política antes que informativa. No importaba Jenaro Prieto por Coketanto informar como derrocar a Alessandri”. El Diario Ilustrado era su lugar y nadie lo iba a sacar de ahí hasta el día de su muerte. Cuadno Alessandri asumió la presidencia de la república por segunda vez en 1925, implantó un control excesivo en la prensa. No era raro en los medios encontrar un censor militar prohibiendo ciertas publicaciones, y las de Jenaro Prieto estaban en la mira. De hecho, Prieto le escribía cartas a su censor con el mismo tono de sus columnas, agradeciéndole su participación en el diario:

“Por primera vez en mi vida escribo bajo la censura militar, y les aseguro a ustedes que no hay nada más agradable (…). Cuando este diario fue clausurado por primera vez -lo confieso con dolor-, dudé de que se tratara de una medida estratégica; cuando fue clausurado por segunda vez no creí que fuera un llamado a la concordia. ¡Era un incrédulo, un burlón, un escéptico! Ahora, gracias a la censura, tengo fe”.

Además de esta estrategia, Prieto se enfocó no en cómo deshacerse del censor, sino cómo poder seguir escribiendo de lo que pasaba en Chile sin q ue se diera cuenta. En una jugada maestra, sopesando que difícilmente un censor de origen militar podía ser un intelectual de alto calibre, Jenaro Prieto decidió escribir de su país pero sin nombrarlo en el texto, hablar de su gente sin hacerlo y criticar a sus gobernantes y artistas sin realmente mencionarlos. De este esfuerzo nació una serie de artículos que cuentan cómo funcionan las cosas en un país llamado Tontilandia y su capital Cretinópolis, lugares donde nada anda como debería, los parlamentarios discutían el menú del almuerzo durante las sesiones del congreso y los escritores se regalaban las condecoraciones literarias entre los más amigos.

A TONTILANDIA LOS PASAJES

Dos personas me han dicho que Jenaro Prieto editó una revista. Sin embargo el excelente sitio web de la DIBAM, Memoria chilena, casi no tiene ninguna referencia al respecto; la columna de anécdotas sobre Jenaro Prieto que escribió Rafael Gumucio Rivas –el padre de nuestro entrevistado- tampoco dice nada; ni el perfil de Alejandra Costamagna que prologa la recopilación de artículos llamada En TJenaro Prietoontilandia hace una alusión al respecto; sus biografías tampoco lo mencionan; Rafael Gumucio, quien ha leído y estudiado al personaje, declara no conocer la revista pero no quita la posibilidad de que algo se haya hecho:

“Fijate que él paralelamente con El Diario Ilustrado, tenía otros amigos como Sanhueza con los que hacía otros proyectos. Colaboraba también con el Topaze al comienzo, con otros nombres, otros seudónimos, no siempre ponía la P. Estos temas en el mundo del periodismo de entonces como el de ahora eran bastante ilimitadas. Pero él hizo hartas cosas con Coke, había una simbiosis entre los dos personajes, bastante creativa”.

Si Jenaro Prieto estuvo activamente participando más allá de su trabajo en El Diario Ilustrado, y además tenía contactos para echar a andar proyectos, es muy probable que la revista haya existido. Hasta este punto yo pensaba como Gumucio: “Demás existió pero debe haber sacado cuatro números”. Ésa es una de las pocas luces que hasta ese momento me comprobaban que pudiera haber existido la revista: Jenaro habría sido capaz de hacerla.

En la web, la única referencia que se hace es casual y no apunta para nada a la revista misma. Memoria Chilena, en el artículo que habla de la revista Topaze dice indiferentemente lo siguiente: “Topaze supo sortear la competencia de nuevas revistas como Verdejo, Cambiazo, El Gallómetro, Tontilandia, El Debate, La Familia Chilena y La Raspa.” Tontilandia existía y debía estar en algún lugar.

Había recibido la información que en la biblioteca de la Facultad de Letras de la Universidad Católica, había algunos microfilms pertenecientes al Centro de Estudios de Literatura Chilena. Sin tener más claridad que ésa me embarqué a San Joaquín y para entrar al edificio, tuve que convencer al portero de que no me cobrara dos mil pesos de entrada: yo salía en los registros de ex alumnos, estaba en todo mi derecho de ingresar, pero no me había inscrito en “el club de exalumnos” y no podía acceder al “beneficio”. Una vez con la señora de los microfilms, no me quería ayudar si yo no le daba un código, el que no estaba en ninguna parte en el catálogo, pero ella se lo sabía y estaba segura que el catálogo lo tenía. Si se lo sabía podría haberme buscado ella misma los microfilms. Finalmente me los entregó una caja en la que además venían cinco cedés. La máquina para leer las miniaturas estaba mala, pero los discos los pude examinar en un computador. Buceé y me perdí en el laberinto de carpetas llena de imágenes, eran escaneos de todos los escritos de y sobre Jenaro Prieto. Con mucha fe peiné el archivo digitalizado pero de la revista nada. Tontilandia seguía siendo un misterio, no estaba por ninguna parte.

Como último recurso tenía pensado ir a la Biblioteca Nacional. En el archivo de la hemeroteca debiesen estar bien guardadas las revistas que han aparecido en Chile. Nunca antes había tenido la necesidad y no conocía la hemeroteca, era una gran oportunidad. Salí de la estación del metro paso a paso, recibiendo de a poco el inmenso edificio de la biblioteca. Al seguir caminando hasta la puerta, acortando la distancia para el encuentro con la revista, me topo con las puertas de la biblioteca encadenadas y un gran cartel que ponía: “No más contratas, no más honorarios, empleo decente para los funcionarios”.

Además de las situaciones absurdas, la huelga de la ANEF por un sueldo justo me dio a entender que no sacaba nada con seguir buscando Tontilandia. Había estado en ella todo el tiempo.

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2 Comments For This Post

  1. Camelio Rosas dijo:

    Una especie de Swift a dieta.
    Buenaza columna.

  2. Mery Castillo dijo:

    Pareciera que buena parte de latinoamérica es Tontilandia y ni siquiera nos hemos dado cuenta.
    Me gusto tu artículo, se aplica en muchos casos, en muchos países.

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