SE CACAREA ACÁ
13 Jan 2008

Televisión, educación y muerte de los valores

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Hace poco tuve la oportunidad de ver nuevamente “La Pelota de Letras”, de Andrés López. Un monólogo espectacular que, de forma magistral, nos trae de vuelta a ese antaño tan querido y añorado por todos, además de realizar una fina sátira no sólo de las tradiciones y los valores del pueblo colombiano, sino de la degradación de los mismos.

Al mirar la pantalla y escuchar lo que veía en esa época “la generación de la guayaba”, comencé a recordar mi aprendizaje del español. Llegué a Colombia el 1º de agosto de 1985 y, hay que reconocerlo, como todos me la pasaba pegado al televisor, medio que influyó en la enseñanza. Recordé programas como “El profesor Yarumo”, “Topo Gigio”, “El Tesoro del Saber”, y muchos otros que cultivaban bondad en las generaciones que tuvieron la fortuna de conocerlos.

Pero, haciendo un paralelo evolutivo de la televisión, me doy cuenta de la involución de la educación en la “pantalla chica”. Los programas educativos desaparecieron poco a poco, para ser reemplazados por “reality shows” (concursos donde la cantidad del premio es inversamente proporcional a la dignidad de los participantes), novelas (cuyo fin es vender morbo), noticieros (sangre, deportes y tetas), y nada más.

De vez en cuando aparece algún programa educativo, que no genere violencia ni haga alusiones al tema, pero es una rareza. Según los managers de la televisión, los programas que más rating generan son los de violencia. La educación no produce dinero, por ende – la educación sobra en televisión.

Recuerdo que cuando era estudiante de periodismo en la Universidad de La Sabana, nos visitó uno de los ilustres periodistas de uno de los canales más reconocidos de la televisión colombiana. Después de deslumbrar a las niñas con su sonrisa y a los muchachos con su saco Armani, comenzó a relatar sobre las bellezas de la televisión. Después de dos horas de escuchar acerca de sus logros, se nos permitió realizar preguntas y fui uno de los “afortunados”.

– ¿Por qué la televisión colombiana únicamente se dedica a las grandes ciudades y tiene olvidada al resto de la población? – Pregunté.

Él titubeó, pero fue sólo un momento. Después esgrimió su espectacular sonrisa, deslumbrándonos con la hilera de dientes perfectos y respondió:

– Porque en el resto del país no hay dinero. – Tengo que reconocer el aplomo del periodista para responder con sinceridad.

Desde el punto de vista netamente económico, es una respuesta válida. Un negocio no es negocio si no produce dinero. Pero si convertimos nuestra vida en negocio, ¿en qué se convierte la vida? ¿Cómo pretenden los gobiernos de turno promover la educación, cuando por medio de la televisión lo que hacen es promover la aceptación de la degradación de los valores de la humanidad, aceptar la violencia como algo cotidiano, inmunizar a los seres humanos ante la crítica y el razonamiento, entumir la posibilidad de opinión y convertir la vida en un sinsentido?

¿Ustedes se han dado cuenta que la misma televisión, y su padre el cine, no ofrecen creatividad? Ya no hay programas nuevos. Existe una pereza mental entre los guionistas, escritores, productores y directores, quienes prefieren hacer reencauches de programas emitidos en los años cincuenta o copiar reality shows de otros países, “exportar” novelas al exterior o llevar a la pantalla historietas (también de la primera mitad del siglo pasado) y dibujos animados.

Es una lástima.

Siguiendo con la jocosa teoría de Andrés López, las generaciones posteriores a la X se educaron en medio del sexo, la violencia, drogas, rock and roll, alcohol, consumismo, hedonismo y culto a la imagen. Es que hasta los dibujos animados de hoy, lo que producen en los niños es la necesidad de consumir, porque detrás de todo programa hay un marketing. Lo importante no es que los niños aprendan algo del programa. Lo importante es que después de verlo, salgan a comprar.

Los sicólogos, psiquiatras, sociólogos y padres de familia se preocupan por el aumento en la tasa de los suicidios infantiles, la violencia en los jóvenes, el desespero en las generaciones a partir del 1990, el desinterés por el futuro, el aumento en el consumo (no sólo de drogas), los asesinatos por copiar a sus héroes de la pantalla grande y chica, el inicio de la vida sexual de los niños a partir de lo 8 años, embarazos prematuros, abandono estudiantil, falta de lectura, etc. Pero no pueden hacer nada al respecto. Ya que es la misma televisión (y ahora el Internet) que produce estos efectos en la población cuyos únicos maestros han sido los antihéroes de dos cajas electrónicas que ocupan un sitio preferencial en las casas de todos.

Mientras nadie haga algo al respecto, no podré más que estar de acuerdo con Andrés López, cuando habla de la finalidad de la generación AA: “Encontrar el teclado del planeta y hacer contro + alt + delete”.

De alguna forma hay que obligar a los canales de televisión que promuevan los programas educativos. Ya que les gusta tanto el reencauche, retomen los programas de antaño, que por lo menos aportaban algo bueno en nuestra formación.

Porque dudo mucho que las cabezas de familia, o los mismos lectores de este artículo se decidan por eliminar el televisor de sus vidas diarias y dejar de ir al cine para cambiarlos por un buen libro educativo, una novela épica o un poema de amor.

Ya que nos educaron que ello forma parte de nuestras vidas y, lastimosamente, hacemos más caso a los periodistas como el que nos visitó en la Universidad – cuando los vemos en la pantalla – que a nuestra propia familia y amigos.

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