Eran las 21.35 y no comenzaba. La gente empezaba a alborotarse (la espera causa estragos). Comiendo ramitas veo a viejos y jóvenes. Niños sentados, la mayoría en el suelo, muy cerca del escenario. Parecía prometedor. Harta concurrencia (este teatro necesita de la participación del público, si no hay sujetos que avalen sus locuras, es tiempo perdido).
Por fin se apagan las luces, y un clown crespo sale en escena con un tubo de PVC en sus manos. Era una especie de telégrafo. Obviamente había que imaginárselo. Y caí en el juego; me lo imaginé. Desde allí comencé a sospechar el tónico de este arte, y fui en un viaje irrisorio eso de creerse todo el menjunje que traía entre manos este trío de actores payasos.
La obra apostaba por revivir la trágica historia del alemán Karl Flach, creador del primer submarino chileno, que -se suponía- iba a batirse contra la fuerza armamentística de España en 1866. Claro está, la versión se alejaba bastante del drama, ya que acudía a mínimos elementos para hacer reír: plásticos, telas, cables de teléfono, antenas de televisión, sopapos, entre otros (al parecer, todo lo sobrante sirve en el clown; eso sí, el lloriqueo está prohibido). Un biombo tras el escenario transformaba a estos payasines en diversos objetos personificados: en el conflicto Chile-España, d
os acorazados ibéricos vivían en los cuerpos de dos payasos que marcaban la “z” cuando hablaban de su patria; mientras, el barquillo chileno revivía en otro clown que hablaba “a lo chilensis”.
El show era de a tres. Se turnaban en cada cuadro. Salían alternadamente cambiando de apariencia y de voz. Era entrete ver a Karl Flach (alemán) interpretado por el crespísimo clown, alto, flaco, moreno, ¡súper alemán!; a la mujer de éste con enaguas rosadas, y bastante sobresaliente el vestido; y por último, al presidente de la época, caracterizado por un erguido hombre, con nariz roja, jardinera café, y banda tricolor. Aún, lo más interesante pasaba cuando al ingeniero germano se le ocurría uno que otro invento, para satisfacer las demandas del gobernante. Así, surgían artefactos como el “mentalápiz”, “quitased” y el “tiraire”. Cada vez que el científico creaba, se sacudía el ambiente con un sonido que simulaba el tintineo de campanillas (cuando se le encendía la ampolleta).
Está demás decir que hubo una eterna conexión con el público. Sobretodo, al momento de montarse un pequeño show t
elevisivo, a manera de “Sábado Gigante”: inventores de diversas nacionalidades mostraban sus objetos bélicos al presidente, para con este fin, encontrar un arma que protegiera las costas chilenas. ¡Y aparecieron las palabras compuestas!: el “espantaenemigos”, el “misil teledirigido”, y el “chaleco antitodo”.
Sin lugar a dudas, nada fue igual al humilde submarino de Flach. La aparición de la nave caricaturesca, en aquel momento, marcaba el nudo de la historia: un armazón de fierros soldados, o algo por el estilo. Las últimas escenas, que acaban en el hundimiento del primer submarino construido en Latinoamérica junto a su creador y diez tripulantes, daban fin a esta historia hecha cuento, rescatando tanto relatos locales, como la vida misma desde una perspectiva alocada.
Una forma fascinante para revivir a un personaje poco conocido (para los más jóvenes). El drama de elite que se observa en el teatro contemporáneo, no se puede equilibrar a un guión destinado a la infancia; es imposible. Otra vez, el puerto sorprende con manifestaciones artísticas nacientes, casi imperceptibles, como el clown.
“El teatro clown genera una característica muy buena, porque es teatro familiar. Los pueden ver los abuelos, los papás, los niños y todos la pasan bien (…) La historia de Karl Flach- Era una manera de rescatar el personaje como un gran inventor; como un genio loco.Y no reparar tanto en la tragedia, sino trabajar a través de la risa” (Lorena Abaceta, actriz y una de las creadoras de la obra)




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