Las sonrisas de los candidatos, las sonrisas de los monos

01 diciembre 2009 por Camilo Rojas

Clemente es chilote, tiene diecisiete años, y esta semana puso los pies en Santiago por primera vez en su vida. Vive en el campo de su familia en Quinchao, y no acostumbra abandonar la pequeña isla, en parte porque disfruta mucho de la tranquilidad y del trabajo con la tierra, en parte porque no se siente muy cómodo entre las muchedumbres. Y si para él Castro es populoso, Santiago es incalificable.

crítica - carteles

Una tía del Matrón –viejo amigo mío–, que había estado casada veinte años con el gerente de un banco y que practicaba toda clase de misticismos y deportes new-age, un buen día se cansó de su vida capitalina y decidió partir a vivir a la isla grande de Chiloé. Esto ocurrió hace dos años. Ahí conoció a un campesino local que había quedado viudo hacía poco tiempo, y con sus piernas largas y hermoso pelo teñido de un rubio casi natural rápidamente lo conquistó, para un año después consolidar el asunto en secretas nupcias. Ese campesino se llama Rigoberto Pailonco, y es el padre del joven Clemente Pailonco. El caso es que esta semana al Matrón se le casó una hermana, y estuvo invitada toda la familia, incluida su tía con su nuevo marido y sus cinco hijos chilotes.

Yo también estaba invitado a la celebración, y hacía tiempo que me habían informado de la gran copucha: el caso de la tía Mónica. Nadie de la familia conocía a su nuevo marido, y hace poco había llegado la noticia del embarazo. Todos estaban expectantes. La hermana del Matrón y su muy próximo marido se tomaban el asunto con humor, pero en la superficie de sus miradas era posible notar una especie de ira contenida, un celo triste y corrosivo por no ser las grandes estrellas de la noche.

Así fue como conocí al bueno de Clemente, que llevaba tres días en la ciudad, impresionado con las masas de gente. En su casa en Quinchao tiene TV cable e Internet, y ha visto películas que ocurren en ciudades mucho más grandes que Santiago, pero para él no era lo mismo ver a las muchedumbres desde una pantalla que estar dentro de ellas, en ese caos del que uno inevitablemente empieza a formar parte.

Éramos tres los amigos del Matrón que habíamos sido invitados (el Mudo, el Guanaco y yo), y a ninguno se nos había permitido llevar pareja, de manera que nos dejamos caer directo a la barra. Ya avanzada la noche, con los ánimos más caldeados y las abuelas ausentes, se sentó a nuestro lado Clemente, cansado de dar vueltas por los pasillos del lugar. Nos hizo un brindis sin motivo y empezó a hablarnos de su vida en el sur. Nosotros, que a esas alturas discutíamos respecto a la mejor temperatura del whisky, decidimos prestar atención y tratar de aprender algo de las palabras del joven chilote.

En eso llevábamos una media hora, cuando el Mudo decidió preguntarle qué es lo que más le llamaba la atención de Santiago. El chilote, sin pensarlo dos veces, dijo que lo que no lograba entender era la cantidad de carteles que había en la calle. ¿Los carteles para las elecciones políticas?, preguntó el Mudo. Sí, esos mismos, respondió Clemente, y agregó: uno tras otro, cientos de miles de carteles supuestamente políticos que no dicen nada, ni siquiera una sola idea, ni un solo comentario, sólo la foto de un idiota sonriendo y multiplicada por mil: eso me llama la atención, no puedo terminar de entenderlo, y me lleva a hacer la siguiente pregunta: ¿por quién vota la gente? ¿Por qué vota la gente?

Bueno, respondió el Guanaco, esto no es un problema de Santiago, sino de todas las ciudades de Chile y de muchos otros países. Y lo más grave es la cantidad de dinero que se gasta y todo lo que contamina. Se trata de millones de dólares comprometidos, dinero que se podría gastar en otras cosas.

Pero cuánto gastan y cuánto contaminan es lo de menos, comentó el chilote. Eso se puede arreglar en algún momento, porque se trata de la estupidez de unos pocos, es decir, se trata de la estupidez de los políticos. Lo que a mí más me preocupa no es eso, sino la estupidez de la gente, que vota por el que pone más carteles. Esa estupidez es mucho más profunda y aguda. ¡Es una locura!, y eso lo saben los sociólogos y los psicólogos de las campañas, y por eso invierten tanta plata en fotos gigantes con el hocico de sus candidatos. A mí en Quinchao me llegan un par de monos, es decir, un par de fotos chicas y nada más (allá no se pregunta por “los candidatos”, más bien se dice: “¿por qué mono vai a votar?”), entonces de algo sirve verle la cara al mono: hay monos con cara de malo, como el mono Piñera; otros monos con cara de tonto, como el mono Frei o el mono Lavín, y otros con cara de que se los come la ambición, como el MEO mono; y así uno puede ver los rostros de los monos, interpretar sus gestos y sus miradas, y luego tomar alguna decisión… eso ya es estúpido, pero al menos tiene algo de sentido, hay un contacto con los monos… pero votar por el mono que ponga mayor cantidad y más grandes carteles, eso ya me parece una locura… y es lo que más me ha impresionado de Santiago.

Finalmente el Guanaco alegó que el tema ya estaba muy manoseado: todos sabemos que es una mierda, pero no hacemos nada… y además es un tema demasiado deprimente, prefiero ir a bailar con alguna prima del Matrón que quedarme acá revisando los detalles de nuestra imbecilidad nacional. Y se fue a disfrutar de la embriaguez de las primas de nuestro amigo. Y nosotros fuimos tras él, y en eso nos pasamos la noche. Luego, esa madrugada, mientras íbamos de vuelta a casa, pasamos frente a unos carteles, nos bajamos del auto y los hicimos pedazos. Por lo bajo cuarenta carteles de diferentes candidatos. Lástima que no andábamos con cámara fotográfica para enviar las fotos al concurso político de la basura electoral; pero bueno, al menos quedamos con las consciencias un poco más tranquilas.

A propósito: Rigoberto Pailonco (el chilote recién casado con la tía del Matrón) había caído bien en la comida. Todos celebraban su humor recatado y sonrisa constante. La tía Mónica permaneció toda la comida colgándole del cuello; pero ya pasadas las doce los tíos y la abuela se enteraron de que el sureño iba por Arrate y se indignaron por la poca visión de mundo que tenía, y pronto las tías y las primas se dieron cuenta de su bajísima estatura y su falta de elegancia. Dicen que la tía Mónica también se llevó una sorpresa con lo del voto rojo y que va a tener el hijo en Santiago. Dicen.

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2 Comments For This Post

  1. S dijo:

    Es cierto, el problema más grave no son los imbésiles que ponen los carteles, sino los que votan por los que ponen los carteles!

  2. Lucas dijo:

    Leyendo la crítica, recorde parte de una conversación que tuve hoy con unos amigos sobre las elecciones presidenciales. Esta, trataba sobre el por qué se vota, y dado que creo que es un aporte para comprender el fenomeno trabajado en la critica existencial, me gustaría compartirla. Considerabamos, que en la actualidad el programa de gobierno de un candidato como MEO esta escrito en 9 láminas de un power point; y que los programas del resto de los candidatos o no existen, o nadie los conoce, o son esfuerzos similares en su superficialidad. En el fondo, claro, un poco la conversación pasaba por el cambio sustancial que ha tenido el ejercicio del sufragio, donde antes se votaba por el “contenido de las ideas” y las posibles repercusiones que estos “contenidos” tendrían sobre la ciudadanía, hoy se vota por los estilos de vida que representan los distintos candidatos (Se ha traspasado la elección de candidato desde un plano de la ideas hacía uno de las imagenes y desde una lógica colectiva a una individualista). Hoy se vota por el “Estilo de Vida” que encarna la persona, así Piñera es el éxito, Ominami es la Juventud, etc. Como queda ejemplificado, en la actualidad son las personas las que encarnas los valores que motivan las tendencias del voto, y no los programas de gobierno.

    Dentro de los principales antecedentes, que consideramos para la calsificación de la personalización del voto, es la igualación, y el colapso de “significantes” que ha tenido lugar en los gobiernos de “transición a la democracia”. Es que en la actualidad, es díficil diferenciar las particularidades de los distintos sectores políticos. A nuestro juicio, este colapso, ha sido uno de los antecedentes más fuertes, para que la cultura de consumo se apodere de uno de los últimos espacios que aún pertenecián, en tanto su funcionamiento, al espacio de lo público.

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