La soledad

25 Noviembre 2008 por Camilo Rojas

Últimamente me ha tocado conocer a dos personajes bastante solitarios, personas que por diferentes razones no son muy dadas a la vida social. No podría saberse con certeza si han optado libremente por estar solas o si viven así por limitaciones comunicativas o de carácter; me parece, de hecho, que se trata de dos factores que se dan siempre juntos.

Se trata de Juan y Aníbal, dos viejos amigos que no se conocen el uno al otro –y que tampoco creo que quieran conocerse–. Ambos tienen en común familias de las que no se enorgullecen mucho, un gran desprecio por nuestra civilización y un nutrido amor propio, y ambos viven solos en ciudades que no son las que los vieron crecer. De muy pocos amigos, ambos dedican casi todo su tiempo a leer, beber y fumar.

El caso de Juan es muy singular. Según cuenta, pasó toda su infancia y adolescencia en Temuco rodeado de amigos; era un buen deportista, y esto le significaba popularidad tanto con sus compañeros como con sus compañeras. Así hasta que se fue a Santiago a estudiar periodismo, donde no le fue muy bien, optando rápidamente por el retiro. Al año siguiente entró a otra universidad a estudiar Literatura, y de nuevo no le fue tan bien, pero esta vez decidió seguir adelante. Empezó a visitar a una psicóloga y a tomar algunos medicamentos para combatir el insomnio. Ya se había vuelto algo más introvertido, pero aún no llegaba al extremo en el que se mantiene hasta el día de hoy.

Hace poco me contaba qué fue lo que lo golpeó: un primo mayor que vivía en Santiago desde hacía poco tiempo lo había invitado a una fiesta privada. El primo era un gordo borracho, misógino pero muy asiduo a las damas de las fiestas. Las trataba mal y les compraba cosas, de manera que solía tener éxito, es decir, llegar con alguna pobre señorita a su departamento. El caso es que esa noche el Juan legó tarde a la fiesta, a eso de las tres de la madrugada, movido por la insistencia del primo, que se jactaba de haber conseguido ya a una “minita bien buena”. El caso es que la susodicha era nada menos que la psicóloga de mi amigo, que, pese su borrachera, inmediatamente reconoció al paciente e hizo un esfuerzo por recomponer su compostura, la que se reventaba repetidamente contra las baldosas con los apretones de poto que le infligía coquetonamente el primo, que nunca entendió la cara de lagartija del pobre Juan.

Después de eso Juan se dio cuenta de que no necesitaba una psicóloga, que no necesitaba primos y que, en general, no había mejor compañero para el diálogo que él mismo. Al revés de lo que podría imaginar uno, Juan se alegra mucho de lo ocurrido con su psicóloga, pues fue para él un momento revelador. Cuando me contaba esto reía y asentía con la cabeza: ¿quién es mejor depositario de tu historia que tú mismo?, me preguntaba.

Lo de Aníbal se dio de un modo menos bizarro. Simplemente decidió que si quería estudiar bien debía resignar algo de su vida social. Al principio fue un pequeño cambio, pero mientras más tiempo pasaba solo, más valoraba la soledad. En su opinión, todos necesitamos de la mirada de otras personas porque somos inseguros por naturaleza, y, a su parecer, esa inseguridad no es para nada infundada: no tenemos, de hecho, seguridad alguna, y todo lo que sabemos no es más que un puñado de consensos. Así, Aníbal prefería asumir esa falta de certeza y combatirla más intelectual que emocionalmente; es decir, en lugar de esquivar la angustia mediante la histeria de la vida social, mediante el ejercicio de habitar otras vidas, como si eso aportase realidad a su propia vida, lo que él hace es asumirla y observarla en compañía de pensadores que han optado por lo mismo que él. Por eso lee mucho y estudia filosofía desde hace más de diez años.

Esto nos lo comentaba Aníbal al Gato-manzana y a mí una vez que bebíamos cerveza después de jugar fútbol; estábamos sentados alrededor de una mesa, yo a un lado y el Gato-manzana frente al Aníbal, diciéndole que le parecía bien su soledad, pero que él consideraba que una de las cosas más interesantes era conversar con amigos respecto a las cosas que él leía y vivía: la vida es para disfrutarla, y yo creo que buena parte del goce se da con otros, mediante el humor y la conversación; y si asumimos que no hay verdad alguna posible para nosotros los humanos, en lugar de asumir la angustia, podemos hacerla a un lado y dedicarnos a disfrutar la vida, que es lo único que tenemos, y la vida, a mi parecer, se disfruta más que nada con los amigos. Así el Gato-manzana le dijo con un vigor bastante convincente, y terminó agregando que muchas veces uno tenía puntos de vista rígidos que simplificaban o malversaban todo lo que se leía o vivía para hacerlo coherente con el punto de vista inicial, y que muchas veces conversando era posible combatir esa rigidez, que es una tendencia natural de todos nosotros. Pero el Aníbal sonreía como si todos menos él fuésemos unos idiotas: puede ser, tal vez simplemente no te has atrevido a saborear la soledad, tal vez no tienes la fuerza.

Y algo parecido fue lo que terminó pensando el Juan. Él cree que todo lo que se necesita es coraje para alejarse de la vida social, que es como un dulce vicio que no ofrece nada más que el incendio del tiempo. La vida social, sobre todo hoy, se sostiene en temas de conversación absolutamente irrelevantes. Juan se había dado cuenta de que podía prescindir de todo lo que la gente le hablaba: cuando conversábamos se ponía de pie para exclamar: ¿qué me importa saber que tal o cual persona está cansada o está triste? ¿Por qué querría yo enterarme de las cosas que este otro tiene que hacer mañana? ¿No es acaso más seguro ver en el diario cómo estará el clima mañana? ¡Definitivamente ninguna conversación de la vida cotidiana me aportaba algo para mi vida! Entonces yo, sin ánimo de criticarlo, pues en alguna medida estaba de acuerdo con él, le pregunté qué era un aporte para su vida ahora, a lo que contestó que la literatura, que nada más que eso podía llegar a ser edificante. Pero ¿y no es justamente la vida aquello de lo que habla la literatura?, le pregunté, y el Juan me respondió que no, que la literatura en realidad hablaba de la muerte.

Y fue tras esas curiosas conversaciones que terminé haciéndome amigo de estos dos personajes buenos para fruncir el ceño y retirarse de golpe. El caso es que aún no entiendo bien si es que se retiraron para siempre de la vida social o si se trata de un tiempo de aislamiento, como lo haría una especie de Zaratustra posmoderno. Porque odian la cultura, pero no hacen otra cosa que leer respecto a ella, y odian a los seres humanos, pero no hacen más que pensar en ellos.

A veces pienso que tienen algo en común con ese colombiano del que me hablaba el loco Buzeta, un hombre que conoció en una casa de retiro en Bolivia, en la que se realizaban rituales de ayahuasca y paseos semejantes; el caso es que el colombiano había hecho un pacto de silencio por un mes, pero el muy estúpido cerraba la boca y trataba de decir todo con las manos, sin entender nunca que la idea era dejar de comunicarse, y no dejar de mover la lengua. Pero sólo a veces pienso esto. La mayoría de las veces creo que tal vez haga bien algo de soledad, y en lo que definitivamente concuerdo con los dos hombres es en eso de que para poder estar sólo hay que tener coraje: no es fácil enfrentarnos a nuestra neurosis tan frontalmente, y tomen en cuenta que digo esto con el MSN conectado.

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