La soledad de los números primos de Paolo Giordano

08 Febrero 2010 por Simón Ergas

Para las épocas de pascuas llegó a mis manos un ejemplar de una novela absolutamente desconocida. No había oído del autor ni del libro, sin embargo, me calzó todo al leer la biografía: se trataba de un cabro de veintiséis años, italiano, que escribía cuentos y con ésta, su primera novela, se ha ganado todos los premios que pudiera necesitar para que le publiquen otro libro más. A uno que anda escribiendo bobadas por los aquíes y los allás, a veces nos llegan estos regalos a modo de ejemplo, cosa que agradezco absolutamente porque o si no uno se va a la segura leyendo clásicos y no tiene idea de qué ponen en papel los autores de hoy en día.

La soledad de los números primos es la historia de dos personajes unidos, ambos que viven con un episodio traumático en su infancia, y que se conocen de chiripa, por lo que van a estar toda su vida que sí que no. Lo más bonito de la novela –y quizás lo único- es la idea de los números primos. No voy a entrar a explicar eso porque tampoco lo entiendo mucho, pero hay unos que se llaman números primos gemelos, por ejemplo el 11 y el 13, cercanos cercanos pero que nunca se van a encontrar porque hay otra tontera entre medio.

Alice parte siendo una niñita de 13 que quiere imitar a las populares. Y en su anorexia pasa toda su vida. Mientras Mattia, es un pendejo genio que no habla con nadie y le da miedo todo lo que ocurre de su cabeza para afuera. Como decía, se topan en un momento y nunca se van a separar, pero tampoco van a estar juntos para siempre. La novela nos cuenta cómo estos dos pasan sus vidas como un par de números primos gemelos, una historia que por lo demás está bastante bien contada. No nos podemos quejar: Giordano es un buen narrador, entra en detalles íntimos de todos los actores y los retrata al punto de generar una imagen mental en el que lee.

¿Hasta acá le tinca la novela? Si fue así, antes de comenzarla siga leyendo el artículo mejor.

Como decía, Giordano es un buen narrador, sabe contar, sabe desarrollar la historia, etc., etc. Pero tomando en cuenta que el tipo es físico y que no cualquier científico es un gran escritor –sobretodo alejándose de la ciencia ficción-, la impecable narración de La soledad de los números primos está brumosamente empañada por una escritura de una originalidad contable con los dedos de las manos: cero.

Quizás mi opinión esté influida porque venía  de leerme Rayuela, libro en el que Cortázar agarra la lengua –no el español, ni el francés, la lengua en general- y hace lo que quiere con ella; quizás sea ése punto de comparación, por haber leído a un escritor gigante y no sólo a un cuenta cuentos justo antes de meterme en esta novela; quizás, quizás. La cosa es que Giordano escribe pésimo, por así decirlo, sin novedad. Un relato que sólo se queda en palabras comunes y corrientes, en la forma más típica de escribir, usando hartos vocativos –hasta el punto de la redundancia- y haciendo metáforas todo el tiempo, tanto para percibirlas forzadas, como si el autor creyera que sólo ahí está la literatura.

Me disculparán los jurados de la vieja Italia. Los personeros que le dieron a esta novela el Premio Campinello (a mejor primera novela), el Premio Fiesole Narrativa Under 40, y el famoso Premio Strega, el máximo galardón bachicha que cuenta entre sus filas a un libraco como El nombre de la rosa de Umberto Eco; me perdonarán los periodistas de Il Giornale que dijeron que es “un libro perfecto, construido con la sabiduría de un narrador experto”; los de Corriere della Sera, quienes encuentran que “Giordano narra con mano firme y gran madurez estilística una materia candente con densas ramificaciones emocionales”; o los de La Repubblica que encuentran que el autor “observa a sus personajes con la delicadeza feroz de quien sabe que la vida se compone de fragmentos, todos preciosos”; me disculpo con todo ellos, pero el máximo galardón italiano está bastante desvalorado: una historia muy bien contada, pero sin sentimiento alguno. No traspasa nada, todo lo que lees se queda ahí, en el papel.

Y como si fuera poco, termino con la frase más horrenda de este libro, otra de esas metáforas que le sobraron:

“La vida de su mujer se evaporaba como la humedad de una camiseta mojada”

… ¡puaj!

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