Santa Lucía: un itinerario de travestido romanticismo

23 Septiembre 2007 por Natalia Toledo

stalucia

Santa Lucía emerge. La prolongación vertical, la altura, permiten su imponencia. Es un cerro que nace del cemento, un implante de tierra sobre implantes de concreto con forma de castillo abandonado. No se sabe qué está sobrepuesto a qué, si llegó primero el cemento o si llegó primero el cerro. Pasto y ladrillo asemejan a una trenza, cuyos cabellos se tocan permanentemente, pero no se mezclan, no se enredan.

El cerro y su naturaleza, casi falsa, casi como esas flores de plástico en las casas viejas, casi. La naturaleza del cerro borroneada, construcciones alrededor, construcciones sobre el cerro mismo. Porque al cerro no se sube por senderos, sino por escaleras, como las de un edificio pero diseñadas con una intención de ‘rusticidad’, como si eso las integrase a la idea de naturaleza. Una vez terminadas las primeras escaleras, vienen más y más y más, lo que termina por transformarlo en un verdadero edificio, un castillo rodeado de jardines. El cerro, como espacio natural autónomo se ha perdido del todo y se limita a ser un mero jardín decorativo, ingenuo, espontáneo. Solo su altura aúlla desde lejos recordando su origen, recordando donde se está de pie, recordando que bajo el concreto hay un montículo de tierra con ojos añejos observando como testigo todo lo que sucede. El cerro travestido de cemento, conserva bajo las capas de dura piedra, sus raíces de tierra, indígenas a la vez.

Si bien la naturaleza del cerro ha sido difuminada, ésta no desaparece, es real y manifiesta. Por el costado del cerro, que suele estar poblado de gitanas viendo la suerte, el verde del pasto alberga húmedamente a varias parejas que llenan de colores el lugar. Hombres y mujeres, varios escolares, se abrazan efusivamente. El cerro y su naturaleza, entregan tranquilidad, entregan un espacio diferente dentro de la ciudad. Las parejas se besan, se acarician, y nada importa. El tiempo se detiene y nadie camina rápido empujando al resto, dinámica que se observa apenas se bajan las escaleras del cerro. Los relojes parecen destrozarse en el Santa Lucía, porque el espacio reúne múltiples personajes y tiempos, porque muchas de las personas parecen estar ahí sin preocupaciones, porque esperan que las horas pasen, sin premura, hasta que llegue el guardia y señale que el cerro se cierra.

portada_natalia_stalucia.JPGEl cerro se cierra y adquiere inmediatamente otro color. El lugar oscuro se vuelve tétrico. Son muy escasos los transeúntes que caminan por el costado del cerro, casi todos lo hacen por la calle del frente. Las parejas parecen desaparecer ante la oscuridad cada vez más intensa, tan fuerte que parece esconder las siluetas de otras personas, que aferradas a las paredes de piedra del cerro, se entregan en un amor ardoroso. Las parejas del día son reemplazadas por las de la noche, y las de la noche luego desvanecen sus rostros por los de las parejas de día. Este constante cambio, trueque, que efectúa el cerro tiene precisamente en común eso: el mismo cerro.

Las transacciones amorosas se realizan en el mismo lugar, como si la naturaleza disfrazada del cerro, emitiese ondas feromónicas que incitan a las parejas. Que las atraen como en una fuerza centrífuga. La naturaleza del cerro, cubierta por ideas de modernidad, clama por su origen salvaje. El encuentro erótico, sexual muchas veces, que se ejerce en el cerro resulta ser el eco de la naturaleza misma. La tierra que germina dentro de sí el pasto que llenará el sector y que dará el verde característico de los espacios naturales, responde al mismo impulso creador y parece influenciar a las parejas que allá se dirigen.

Lo que se vive en el cerro es más que amor, o menos. Es un alto erotismo que en el día se alimenta del pasto, como sustento a la atracción mutua, como herramienta de excitación. Como una mujer indígena que se entrega al español, el cerro se entregó también a otro que no es su par, otro que le dio rostro de cemento. Cemento que en la noche suple al pasto, pues es sobre su loza, que el nuevo encuentro tiene lugar. Esta vez es el español quien se entrega a lo salvaje de la india, es el cemento, el que incita a la excitación bárbara.

Santa Lucía ha travestido su imagen, su nombre, pero no su esencia. Lo salvaje lo domina, no sólo manifestado en una pintura seca en una de sus entradas, sino en el fondo de esas raíces que ya casi se desconocen, casi. Pero que el cerro grita, clama, atrayendo a todos esos amantes que diariamente realizan muestras sexuales frente a los ojos cansados del cerro y para el deleite o asombro de cualquier testigo.

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