Si no es por haber saludado a una vieja amiga estudiante de teatro por Messenger, no me entero que se está llevando a cabo el Festival Internacional de Teatro Bicentenario, en Viña y Valparaíso. Pese a la decepción de enterarme que el evento se llevaba a cabo desde el 19 de Enero y que ya me había perdido la posibilidad de ver más de la mitad de las obras, me obligué aunque fuese en solitario a ver la función de ese día, sin la sola referencia más que su nombre: “Pedro de Valdivia: La Gesta Inconclusa”.
Y qué buen momento para saludar a una vieja amiga. Porque lo que me esperaba en el Teatro Municipal de Valparaíso, era una de las obras más maravillosas que me haya tocado presenciar, sin temor a exagerar. “Pedro de Valdivia…” tiene tantos aciertos, tantos puntos altos, tanto que alabarle y tan increíble inexistencia total de defectos, que se transforma en esas experiencias con el arte que acompañan y se diluyen en el espíritu del espectador para toda la vida.
La entrada al Festival era liberada, por lo que el público que repletaba el Municipal era heterogéneo. Desde crespos adultos jóvenes con lentes de marco grueso, muy cool y muy intelectual, pasando por dulces parejas de recién enamorados que buscan excusas para matar juntos el tiempo, hasta adolescentes pokemoides con pelos teñidos, aliento a chicle de menta y risas estridentes. Sentado en la tercera fila esperaba la función, con The Clash en las pailas y sin ninguna pretensión más que volver al Teatro después de un buen tiempo.
Luces afuera. Apagar celulares, prohibidas cámaras. Lo primero que llama la atención es la brutal cantidad de instrumentos musicales–fácilmente más de 15 distintos- así como su variedad, entre las que se cuenta guitarra española, guitarra eléctrica, bajo eléctrico, clarín, trutruca, cajón peruano, mandolina, flauta traversa, trompeta, acordeón, por sólo mencionar algunos, lo que te hace suponer que verás una obra nutrida en músicos y actores. Precisamente he aquí el primer impacto: el comienzo de la obra nos encuentra con sólo 3 actores/músicos en escena, que parten exhibiendo una impresionante habilidad técnica y expresiva con sus respectivos instrumentos. Pero hay más: con el correr de las escenas, nos percatamos que toman uno y otro de los dispuestos en escena, en rotaciones y enroques constantes según requiera el contexto dramático, mostrando los 3 la misma pulcritud y capacidad interpretativa en cada uno de ellos, sin por esto perder en expresión corporal, la cual siempre está al servicio del texto y de la escena. Talento puro.
La versatilidad impactante de los actores es precisamente lo que da a paso a una historia relatada con una agilidad electrizante, en donde la tragedia y la comedia forman una interesante mezcla en que el humor negro es un hijo inevitable. Con las constantes y perfectamente medidas intervenciones musicales como cortina, resalta la capacidad emotiva de los actores Francisco Sánchez, Pablo Obreque y César Espinoza, quienes permiten que esos juglares que narran la historia de Valdivia adopten en lo que dura un chasquido de dedos una numerosa y variopinta gama de personajes sin necesitar un solo aviso evidente al espectador, siendo más que suficiente los magníficos giros expresivos de los actores.
Cuando ya tenemos bastante para maravillarnos con la versatilidad y talento artístico impactante de los actores, comenzamos a deleitarnos con la mano del director y del texto. La historia consiste en la vida de de Pedro de Valdivia, en base a las cartas que envió a la Corona Española, desde su llegada a Chile hasta que es capturado y ejecutado por los Mapuches. Desde el contenido de éstas, se relata su personalidad, pero desde una óptica de reconstrucción histórica mucho más evidente que el amarillento relato de los textos escolares donde se muestra a Pedro de Valdivia como un héroe: la realidad cruda y oscura de los protagonistas de la Conquista, quienes a sangre fría exterminaron sostenidamente a los pueblos originarios, sometiéndolos a las más horrendas torturas y vejámenes sin muestra alguna de misericordia. Todo esto es logrado sin caer en densas reivindicaciones, si no que un perfectamente bien logrado sentido del humor con guiños incluso a la Historia más reciente de Chile, y que tampoco se pierden en la representación del Pueblo Mapuche, que es sometido también a la caricaturización propia del texto de la obra. Todos elementos que sacan risas a la audiencia a cada momento.
Todos lo mencionado, más un impecable y original uso de objetos en escena que interactúan con los personajes , y un perfecto juego de iluminación que acompaña en todo momento la emotividad de las escenas, conforman una obra sencillamente perfecta. En el intento de resumir las características fundamentales de su genialidad, diría que es una muestra magnífica de cómo hacer teatro masivo dotado de una calidad dramática de excelencia: con toda la velocidad, frontalidad y variedad que exige una audiencia heterogénea en donde ni el más asiduo a las tablas ni el más lejano quedan ajenos al relato que se presenta, mostrando con la profunda sencillez del humor, la reconstrucción histórica de una Conquista que es enseñada a nuestros niños con increíble inhumanidad, sin mencionarles que a costa de nuestra civilización mestiza se sacrificaron miles de personas inocentes, que son los originales hijos de esta tierra chilena.
En el cierre, inelectualoides, pokemoides y pololoides eran uno sólo: ovación de pie de varios minutos de duración, y la emoción de los actores que su rostro no les permitió disimular. Un encuentro entre el arte, la historia y el pueblo, que pocas veces vi en semejante armonía.
Salí del teatro, y pensé que Chile seguía siendo el mismo. A cientos de kilómetros de distancia, y luego de varios siglos de tortura, el legado de horror Valdivia y los Conquistadores sigue haciendo eco en lo más profundo de Arauco, sin que muchos se den por aludidos.




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Febrero 3rd, 2010 at 1:44 am
Ir a ver esta obra es toda una experiencia que “entra” imperceptiblemente en uno y a la vez lo hace entrar en una dimensión paralela y presente como impronta difusa en la memoria. Para mí fue como sacarle el polvo a un libro de historia medio estancado con olor a obligación y hacer bailar a los personajes como marionetas que solo veía mi inconsciente… digo marionetas que no se ven, porque lo que parece estar son solamente quienes mueven a las marionetas…y es indescriptible la sensación de “hundimiento” que uno va teniendo como espectador de algo que realmente NO HAY en el escenario, porque la obra es más que nada la representación de un clima de la propia memoria.
Debo reconocer que al comienzo la obra me pareció ser muy fome, mucho monólogo, etc., pero de repente cuando captas que no hay actores ni escenario sino que algo que se le parece, empiezas a disfrutarla al máximo. Talentosísimos!! Lo mejor a mi juicio fueron las piezas musicales.