Acostumbro no subir al metro a la hora que todos suben, pero la semana pasada no tuve opción: el error lo había cometido yo mismo cuando propuse la hora de la reunión. Todo gente. Olor a gente. Sabor a gente muerta o muriendo lentamente, aferrando sus cuerpos tibios a tubos de metal tibio. Gente húmeda respirando gente húmeda.
Al lado –o alrededor– mío había una pareja que conversaba. Exponían sus argumentos ante el tumulto como si estuviesen solos en el baño de su casa. El resto de la gente parecía no escucharlos, pero yo no tenía opción.
La mujer, de voz más grave que el hombre, comenzó expresando su alegría por las fechas festivas que se aproximaban, a lo que el tipo respondió agregando que él ya había conseguido en entradas para la parada militar.
–¿Pero por qué quieres ir a ver a los milicos? ¡Son todos unos idiotas! –exclamó la señorita, con cierto gesto que revelaba que se trataba de un conflicto acerca del cual ya habían tenido la oportunidad de discutir.
–Es el día de la patria ¿no? –aclaró el tipo–; pues bien, sin milicia no hay patria, y si te gusta tu patria y no respetas a los militares, entonces eres una inconsecuente; si te gusta Chile y el ejército chileno te parece mal, es igual a que te guste el pan y quieras prohibir la manteca.
–Los militares chilenos, hace no mucho tiempo, maltrataron a buena parte de su propio pueblo; esa me parece razón suficiente para despreciarlo, pero hay más: todos los ejércitos del mundo son horribles, pues fundan su existencia en la guerra. En el mejor de los casos son una amenaza defensiva ante posible invasor; pero en el caso de las naciones expansionistas el ejército es un arma invasora cuyo trabajo consiste en asesinar –se quejó la muchacha, que no superaba los treinta años y que iba vestida con un bluyín suelto y una camisa negra.
–Bueno, si no te gustan los ejércitos, entonces tampoco puede gustarte la humanidad –respondió el hombre, de unos treinta años, pelo engominado, chaqueta gris oscuro, corbata y zapatos bien lustrados–; toda civilización ha contado con su ejército, y en el marco de la historia los ejércitos han debido matar a muchísima gente, destruir muchas ciudades y hasta atacar al propio pueblo cuando éste se abalanza contra el poder establecido… así ha funcionado hasta ahora, y tú, lo quieras o no, formas parte de una civilización tan avanzada que incluso te da la posibilidad de oponerte pacíficamente a ella, te permite manifestarte en su contra sin encarcelarte ni matarte; pero tú te quejas… ¡y más encima estás contenta y quieres celebrar con banderitas chilenas y cueca y asados que llegan a tu parrilla gracias a tratados de libre comercio que son posibles sólo porque existe un ejército y unos empresarios que lucran a costa de tu incondicional y contradictorio sentimiento patriótico!
Íbamos llegando a Los Héroes. El ganado que quería bajar movió el elemento humano del vagón de un modo que me recordó el baile en el restorán de Tiempos Modernos, cuando Chaplin intentaba llevar un pollo asado a una mesa al otro lado del salón. La pareja compuesta por el milico y la humanista giró conmigo en una danza de forcejeos cuidadosos y suspicaces. Luego la gente bajó y otra gente subió y el aire se renovó con otra bocanada de olor a gente. Una vez que los elementos que conformaban esa masa indiferenciada se acomodaron en sus lugares, la pareja prosiguió la conversación desde otro flanco. El tipo comentó algo de la copa Davis, que un amigo suyo iría al estadio a ver todos los partidos, pero que él estaba seguro que de todos modos perderíamos.
–Típico pesimismo chileno –dijo ella.
–Y qué tanto te quejas, si los deportistas son casi iguales a los milicos; ambos se divierten compitiendo con la insignia de su patria, y, salvo casos aislados, tanto deportistas como militares son unos ignorantes de todo lo que no sea su tema –replicó él, al parecer oficiándolas de abogado del diablo (como le dicen).
–Unos matan y los otros no matan… ¿no te parece una diferencia importante? –gruñó ella.
–Puede ser –contestó el tipo con tono y murada comprensiva–, puede ser, pero en el fondo a lo que voy es que si eres nacionalista o patriótica, entonces deberías ser consecuente y apoyar también al ejército de tu patria; ahora, si no te parece bien el ejército, entonces tampoco deberías ser nacionalista…
–Puede ser –dijo ella, pensativa– pero es que los partidos de la selección de fútbol y los de la de tenis son muy entretenidos, y los asados del 18 siempre son los mejores, y de todos modos me pasa algo emocional con Chile… ¡quiero que ganen y que jueguen bien en el deporte! ¡Me gusta el asadito y la chicha! ¡Es algo que va más allá del nacionalismo!
–¿Y no será que los días festivos, el deporte y toda clase de competencia “internacional” tienen la función publicitaria (solapada, claro) de hacer que la gente se identifique con su nación, con su patria, para que el asunto siga funcionando como es ahora? Creo que si quisiéramos dejar de ver el mundo como lo vemos hoy, como una inmensa guerra de naciones armadas hasta los dientes, deberíamos, en primer lugar, dejar de sentirnos parte de una nación particular, de una patria, para pasar a ser habitantes del mundo; luego, al ver partidos de fútbol, podríamos disfrutar con las buenas jugadas, y no sólo con el triunfo de “mi equipo”, ¿entiendes? Al menos así procedió Diógenes, el primer cosmopolita.
–Pero entonces ¿por qué tú también quieres que gane Chile, por qué celebras el 18 y por qué más encima quieres ir a la parada militar? –preguntó la señorita.
–Bueno, porque a mí sí me gusta cómo están las cosas, y porque no creo en la revolución de las flores, y porque, en definitiva, me gusta el sufrimiento del mundo y lo apoyo, porque creo que es el único modo que tiene de “ser”.
Esas últimas palabras sonaron como de metal afilado, y, sin embargo, nadie en el vagón se dio vuelta para observar al emisor. La mujer se largó a reír y el tipo la siguió con unas largas carcajadas agudas. Yo iba tratando de entender qué les estaba pasando, pero no lo conseguía. El pelo engominado del tipo contrastaba ridículamente con el nihilismo rebosante de sus últimas palabras.
–Puta que soy agüeonao hermanito –dijo la mujer después de un rato–, pero qué le vamos a hacer…
No eran pareja. De pronto pude notar los rasgos faciales que revelaban el parentesco. No tenían por dónde estar de acuerdo, pero eran hermanos. Había algo anterior a ellos, algo que los definía y que los ponía ahí, al uno frente al otro. Entonces los interrumpí y les dije disculpen, disculpen, pero si quieren hacer algo por el mundo, lo primero que tienen que sacarse de encima no es su espíritu patriótico, sino su espíritu familiar, que es el origen de toda patria.
Los tipos me quedaron mirando sin decir nada. Contra mis pronósticos, toda la gente que me rodeaba también se quedó mirándome. Yo mismo me sentí un idiota, me bajé en la estación siguiente y esperé el tren que venía atrás.
–¿Qué chucha es el 18? ¿Qué chucha es Chile, Italia, Sudáfrica? Los mayas, los siux, los macedonios y los argentinos, ¡¿qué chucha son?! Puras ofertas identitarias, igual que la familia, el partido político, la corriente teórica… ¡hasta el cosmopolitismo es una jodida oferta identitaria más! ¡Al carajo con todo eso! –me decía mi cuñado en uno de los asados familiares de las fiestas patrias, después de una piscola al seco en honor a Massú, que acababa de ganar un partidazo que significaba la permanencia de Chile en el grupo mundial. Y yo, la verdad, estoy completamente de acuerdo con él.





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