SE CACAREA ACÁ
14 Aug 2008

La Papaya, El Quirquincho y la esquizofrenia de la cultura

Publicado por

por Sebastián Ruiz-Tagle

El porno, más que un género (lugar ya ganado e indiscutible), desde el momento en que pretende provocar, considerando que está dotado de discurso y de sentido, es que se constituye como arte. Al menos para mí. Soy un fanático del porno. Adoro la perversión en su trasfondo, su efecto liberador. Pero, por sobre todo, me atrae su carácter ficcionado, sus clichés, la construcción de un universo fabuloso y trasgresor.

Me he deleitado con la sensualidad incomparable de Jenna Jameson, la voluptuosidad dionisiaca y grosera de Sophia Rossi, he disfrutado del talento creador de Jules Jordan, Ron Jeremi y el maestro, el gurú Rocco Siffredi. No puedo dejar de recomendar a dos bellisimas y jóvenes promesas (que a mí me recomendó un amigo instruidísimo): Jordan, Capri y la espigada Micah.

En fin. Pero más que hacer recomendaciones quiero hablar de dos exponentes de culto en la industria del porno chileno. Dos productos vintage del mundo revisteril clase B nacional. Se trata de las entrañables Papaya y Quirquincho.

A fines de los 70, en plena dictadura militar, entre la represión moral, el momiaje y la cartuchería, aparecen, como vías de escape, como expresión de la rebeldía, estas dos revistas que terminaron por hacer historia. Con un formato simpaticón, más cercano a Condorito que a Playboy o Penthouse, deleitaron a los chilenos ávidos de frescura y ludicidad, a los hippies que habían practicado el amor libre hasta pocos años antes y, de seguro, también a los derechistas aparentemente intachables, a los con una doble vida bizarra.

El fenómeno social detrás de estas publicaciones no deja de ser interesante. Fueron el antecedente de un destape que se estancó, el destape a medias de la cultura nacional. En el fondo yo lo veo como un intento por civilizar, por otorgar cierta coherencia a un Chile que se hacía ambiguo, ese mutante retrogrado en lo moral y liberal en lo económico. En el fondo, intentó hacer las veces de terapia a un paciente de estructura de personalidad esquizoide que avanzaba hacia la psicosis irreversible.

A pesar de todo no fue suficiente. Hoy siguen discutiendo acerca de los anticonceptivos (una pugna sesentera), la pastilla del día después, y expulsan de la tele a quienes tienen un pasado de cine porno, mientras vemos que unas pendejitas chupan un loly al tiempo bailan reggeton. ¿Quién entiende?, esquizofrenia galopante y a paso firme.

Esas revistas estaban destinadas a desaparecer, a quedar en la retina como el intento estéril (que paradójico) de una sanación cultural. Hace poco, en Perú, vi una revista porno local que me recordó el formato de las frustradas producciones nacionales. En ese momento entendí lo que era una cultura sana, con tradiciones, con arraigo y con proyección, muy distinta a este híbrido macabro que nos tocó a nosotros.

Un champañazo y salud por la tentativa de nuestros mártires triple equis.

EMPOLLA ESTE ARTÍCULO