Occidente se esparce, geográficamente, por todo el planeta. Algunos podrían decir que es inherente a occidente el ir en son de las cosas, e inherente a oriente el el habitar la dimensión de las no-cosas. Pero, ¿qué son esas no-cosas? Esos mismos que respondieron recién podrían argumentar que desde occidente, desde nuestra forma de utilizar el lenguaje y de ubicarnos en el mundo, no hay forma de entender esas no-cosas; podrían decir que no hay batalla alguna, que occidente es dueño del mundo y que oriente no necesita ser dueño de nada. Occidente es un lugar, decía mi abuelo, y oriente es, como dice la palabra, una orientación, algo que vale mucho más que mil lugares.
Pero, y siendo todos nosotros gente occidental –cosa que, naturalmente, no nos permite una visión retraída–, no puedo dejar de pensar en, por ejemplo, la Muralla China. Los chinos, orientales por excelencia, siempre defendieron su espacio, su terreno. Se les llama el Imperio Chino, y aunque a mí no me consta que hayan sido tan imperialistas –como los japoneses, por ejemplo–, sí me consta que con el tiempo fueron incrementando sus ejércitos y sus técnicas defensivas (siempre más defensivas que ofensivas).
El caso es que, como buen occidente que es éste, se invade, se extraen las riquezas de las tierras, pero a la gente que vive en la tierra dominada se le permite sostener su identidad y su tradición singular, siempre y cuando no vaya a romper la ley que se les impone. Tanto así, que occidente muchas veces se apropia y le da un sentido práctico, utilitario, a aquellos rituales de las culturas que ha invadido. Toma los rituales, los despoja absolutamente de su sentido original, y los mete en ese infinito popurrí de cosas prácticas, de actividades que sirven para cosas, los mete a la gran bolsa del pragmatismo desunido de sí mismo.
De este modo es como llegan a nuestras ciudades actividades como el Yoga, Artes Marciales de diversa índole, toda gama de meditaciones y bailes míticos; igualmente, desde la selva amazónica, sesiones con elíxires psicoactivos; desde Méjico, paquetes turísticos para encontrar tu propio Peyote (entre los que se incluyen extensas guías prácticas escritas por místicos norteamericanos ex-antropólogos –¡oh!, eso le da mucha credibilidad–), etc. Pero ¿cuál es el sentido de todas esas actividades? Para nosotros, el sentido es utilitario: se trata de dispositivos místicos para sentirnos mejor en esta vida tan agitada, la que, sin embargo, seguimos sosteniendo y practicando todos los días. “Después de una ardua jornada de contabilidad en la empresa que me ha contratado, una hora y media de yoga, y quedo como lechuga pa ir a conocer a alguna chiquilla a la disco”. Y lo más probable es que en la disco le hable a la chiquilla de lo espiritual que anda con eso del yoga, de lo bien que le ha hecho a su alma. A su alma de paloma de la paz del paseo ahumada, con el cuello pelado de tanta tiña, con los ojos podridos de tanto comer basura.
Se trata de un dispositivo que funciona, sí, tanto como funcionan los antibióticos para sanar una fiebre, tanto como funcionan los carabineros para dispersar una protesta. Dispositivos para arreglar, no para comprender nada, sino para moldear el estado de las cosas a cómo las entendemos de antemano. Así, el contador que va a yoga, va a relajarse un poco, a liberar tensiones, no a ser parte del todo, que, hasta donde yo he podido entender como occidental, es la idea. La meditación oriental es un fin en sí mismo, no sirve para nada, y eso es lo que nosotros como occidentales no podemos concebir en toda su dimensión.
Ahora, hay que tomar en cuenta que, querámoslo o no, somos occidentales. Todo lo que hacemos es relativamente utilitario (lo que hacemos concientemente al menos). Con ese fundamento es que muchos amigos me dicen que soy un cuadrado, en particular, hoy uno de ellos me dijo que era un “maldito racionalista mecanicista newtoniano” (aunque se equivoca en muchos adjetivos, se entiende la idea de lo que quiere expresar). Y está bien. No estoy de acuerdo con sus bailes traídos de otras tierras, y puedo dar fe de que muchos de ellos no son unas palomas de la paz del paseo ahumada. Pero pasa que nuestra cultura es tan bastarda (sin padres, sin memoria), tan hambrienta del futuro, tan incoherente en sus ansias de racionalidad, que no –me– queda más que blasfemar con sus propias palabras, con su propia inconsistencia pragmático-política, con su propio dolor neurótico que es nuestra piedra en el zapato: no estar seguros de nada, creer que sabemos, pero no saber que creemos en nada. Las no-cosas se ríen de nosotros.















