Operación fallida

12 Mayo 2010 por Camilo Rojas

Un día llegó a mi casa el flaco Oc, viejo amigo que de vez en cuando aparece para llevar a cabo extravagantes proyectos semirevolucionarios. Tenía algo importante que decirme.

Llevaba una carpeta repleta de papeles bajo el brazo. Me saludó afectuosamente y pasó casi corriendo a sentarse en el comedor. Yo intenté iniciar una conversación convencional, pero el Oc me interrumpió. Sacó calculadamente un papel doblado en dos de su carpeta, y mientras me lo pasaba dijo:

–Creo que vemos el mundo de un modo semejante. Evidentemente tenemos algunas diferencias, por eso tú eres tú y yo soy yo, pero lo importante es que entendemos la realidad de un modo tal que tendemos a estar de acuerdo en torno a las cosas que ocurrieron en el pasado, lo que ocurre hoy, y lo creemos que es mejor para el futuro de la humanidad. Compartimos cierto amor por la Razón, un amor que nos lleva a buscarle el mejor destino posible.

A veces el Oc parece grandilocuente. Y en efecto lo es. Pero da la impresión de que no le queda otro modo de comportarse si es que busca ser consecuente con lo que piensa. Estaba ahí sentado escrutándome con la mirada. Algunos de los viejos amigos habían cambiado su modo de pensar, y con el Oc no nos veíamos hace al menos un par de años, de manera que seguramente él contaba con la posibilidad de que yo ya no fuera el mismo.

–Tú sabes que las cosas andan mal –dijo–, no podemos quedarnos acá leyendo… tenemos mucho trabajo.

Yo abrí la hoja doblada y leí el título: “Mensaje a los pasajeros del metro de Santiago; martes a las siete de la tarde”. Rápidamente pude suponer de qué, más o menos, se trataba. Eso, más que un título, era una indicación. Oc quería hacer algo y ya tenía una idea elaborada, tan elaborada que estaba llevándose a la práctica. Había que ver bien de qué se trataba: hacía más de dos años que yo no veía al Oc. Me acordé de una banda punk que había tocado a la fuerza en los túneles del metro, seguro se trataba de algo parecido, pero más calculado. Interrumpí las especulaciones y fui sobre el papel.

“Muy buenas tardes, estaremos un poco más del tiempo indicado en esta estación, muchas gracias por su comprensión. Algo ha salido mal. Pero, pasajeros, me tomaré este tiempo extra para hacerles algunos comentarios en torno a algo que tiene que ver con que ustedes estén acá ahora, esperando un minuto más del que deberían. / Bueno, tal vez me dirijo sólo a quienes creen que la vida se vive en esta vida. Aquellos que estén esperando una bella vida eterna, pueden obviar estos comentarios. / ¿Cómo hago para vivir mejor? Esa es una pregunta que todos nos hacemos cuando estamos solos. Pero, ¿se dan cuenta de que si nos hacemos esa pregunta en conjunto, contamos con un universo de respuestas mucho mayor, es decir, podemos acceder a algo mejor? / La constante amenaza de la pobreza nos tiene viviendo asustados, y la seducción de la fortuna nos saca ronchas, costras o descontroles de ansiedad. / La gente que nos rodea aparenta, y a veces nosotros nos hemos visto obligados a aparentar cosas que no somos ni queremos ser. / Pero es posible hacer algo. Se trata de hacernos cargo de la realidad. Tenemos tiempo: podemos ir poco a poco volviendo a hacernos independientes del sistema de control externo que hemos inventado; podemos empezar a controlarnos a nosotros mismos en tanto trabajadores y consumidores. Les propongo que cambiemos nuestros hábitos en la toma de decisiones mediante una serie de asuntos generales. Les tengo una propuesta para empezar con una revolución pacífica del pueblo, una revolulución racional. La idea es lentamente poder hacernos más independientes mediante el desprecio de lo innecesario; hoy estamos tan mareados que no sabemos ni qué queremos, sólo sabemos que queremos algo. Lo que debemos hacer, para empezar, es lo siguiente: no comprar nada que sea publicitado. Hay que despreciar cualquier clase de propaganda. ¿Se dan cuenta del poder que todos adquiriríamos con esa estrategia? / Piénsenlo en sus casas, en la escuela. Piénsenlo bien y pronto se darán cuenta de que tiene mucho sentido. Intentemos pensar por nuestra cuenta y compartamos eso que pensamos desde nosotros mismos. Esto depende de todos nosotros: de una vez por todas demos muestra de que somos seres racionales.”

Era un mensaje falto de fundamento, pero la proposición final sonaba interesante. Esos discursos tan esperanzados siempre terminan adquiriendo un sabor a ingenuidad; caen, tal vez, en una ignorancia de la voracidad del humano (voracidad propia de toda la naturaleza). De todos modos, sonreí al imaginar las caras de la gente en el metro escuchando el mensaje de Oc. Pero ¿cuál era el plan? Entonces levanté la mirada y pude ver unos mapas que el Oc había desplegado sobre la mesa mientras yo leía. Sonrió: ya sabía que yo estaba dispuesto a hacer mi parte.

–¿Por los altoparlantes de las estaciones? –pregunté.

–No –respondió, sonriente–: por los altoparlantes de los vagones. En cada una de las 107 estaciones de metro de Santiago, habrá dos personas esperando. Todas las parejas, el mismo día, a la misma hora, se encargarán de retener al conductor del tren y dar el mensaje por el altoparlante. Ya hay tres operadores del metro que se han sumado a la idea, y nos enseñarán bien cómo usar el sistema de altoparlante, que, por lo demás, es bastante simple.

–¿Y cómo se “retendrá” a los operadores?

–Las parejas estarán constituidas por un hombre y una mujer. Cada pareja estará esperando en la parte delantera del andén. Darán las siete de la tarde y el primer tren que llegue será abordado por ambos en el primer vagón. Los trenes irán repletos. La mujer se internará en la masa de gente y, una vez que esté suficientemente adentro, se echará a gritar de un modo extraño. El hombre tocará la puerta del operador desesperado, avisándole de los gritos de la mujer. Ella, que no permitirá que nadie de adentro le ayude, obligará al operador a sacarla del carro. En ese instante el hombre entrará a la cabina y cerrará las puertas, para luego proceder a leer el mensaje por altoparlante.

–Suena bien. Me imagino que ya estudiaste las posibilidades de que esto falle.

–Claro –respondió, concentrado–, como todo, puede fallar. Es posible que agarren a algunos y que los obliguen a hablar. Evidentemente, pueden decir que soy yo quien organiza esto, y yo no voy a negarlo. De hacho, acá tengo una carta firmada por mí en la que me hago responsable de la acción –tomó otro papel doblado en dos y me lo entregó–; cualquier inconveniente, yo pago. Pero eso está fácil. Hay tres buenos amigos abogados que ya tienen muy bien estudiado cómo proceder en estos casos. Yo me entregaría, pagaría un pequeño monto de dinero y saldría libre. ¡Y si trabajo, es para pagar esa clase de dineros! Ahora, esta acción puede fallar de otro modo: no causando ningún efecto en la gente. Esa falla sería el verdadero fracaso. Pero ya veremos…

Me quedé pensando un rato. Había un mapa del metro extendido sobre la mesa. Con un lápiz hizo un círculo alrededor de la estación Pajaritos. Luego puso encima una tarjeta y dijo:

–Tú vas con la Calamina. Ya hablé con ella. Acá está su teléfono y dirección de correo electrónico. Conversen de la idea. Será fácil. Y creo que será algo importante.

La Calamina era una vieja amiga que se había ido a vender jugos naturales en Brasil. Siempre decía que estaba aburrida de este país, hasta que un día desapareció. Me alegró mucho la idea de verla de nuevo.

–Acá tienes las instrucciones para manejar el altoparlante y el comando de cierre de las puertas del metro –me dijo, mientras sacaba un prospecto con ilustraciones de su carpeta–; de todos modos, este lunes irán a mi casa los operadores que nos ayudarán con la operación. A las ocho de la noche. Los que tengamos tiempo estaremos ahí para celebrar la víspera de un día que, espero, resultará importante para toda la gente de este país. Si no me equivoco, los 214 involucrados estaremos ahí, más los tres operadores y cuatro abogados que nos están ayudando con todo. ¿Puedes ir?

–Seguro, ahí estaré –respondí, casi sin pensarlo.

El Oc me dio un abrazo y se fue. Dejó el prospecto, el mapa y los datos de la Calamina. Era un jueves. Quedaban cinco días. Ese sábado nos juntamos a beber unas cervezas con mi “compañera de acción”; reímos mucho calculando los movimientos perfectos, y soñamos con una sociedad pensante y más honesta.

El lunes llegué puntual a la casa del Oc. Me encontré con veinte tipos en la puerta. Nos saludamos todos con simpatía y algo de orgullo. Reconocí a algunos. Viejos y difusos amigos de viajes y juergas. En el jardín de la casa esperaban treinta más, y otros cuantos llegaron más tarde. Se prendió fuego y se asaron pedazos de cerdo untados en ají. Se brindó con vino y destilados. Todos conversábamos con nuestros viejos amigos del plan mientras los operadores atendían a nuestras preguntas. Todo iba excelentemente, hasta que el Pinza, un buen amigo del Oc, comentó que a él no le gustaba mucho la idea de interferir tan violentamente en la tranquilidad de la gente que iría en el metro.

–Tal vez haya otro modo de de emitir el mensaje, un modo que no sea obligatorio –planteó el Pinza; rápidamente el círculo se amplió y buena parte de los asistentes puso atención a sus palabras–. Lo que me molesta de esta intervención es que usa el mismo método que usan los mecanismos de poder: te obligan a escuchar. Creo que ese es un pésimo modo de provocar un cambio de conciencia en la gente, pues se trata de una imposición externa, y justamente lo que busca es que la gente pueda pensar por su propia cuenta.

–Pero si es un empujón nomás –comentó alguien entre la gente–, un zamarreo.

–No, no es un empujón, es una manera, es una forma de actuar impositiva, obligatoria. ¡Estás obligando a la gente a escucharte! Al tenerlos encerrados en ese tren, no les dejas más opción. Deberíamos pensar otro modo de expresar la idea, un modo que no sea impositivo. O al menos deberíamos discutir sobre este punto…

–¡Pero podemos pasarnos toda la vida discutiendo! –exclamó otro de entre los más de doscientos habitantes del jardín del Oc–, ¡hagamos la acción mañana y después discutimos!

–¡Pero entonces no tendría sentido discutirlo! –arguyó, con razón, el Pinza.

Luego se armó una confusión que no hubo modo de detener. Todos empezaron a hacerse callar mutuamente, sin éxito. De pronto una voz desde el fondo de la terraza se alzó por sobre las demás.

–Yo creo que en lugar de dar un discurso tan infantil por los altoparlantes, deberíamos decir: “¡despierten, imbéciles!”, y nada más –comentó un barbón que bebía vino de una botella. No sonaba mal, aunque aún se podía ser un poco más incisivo. Algunos rieron mientras otros mostraban desaprobación.

El Oc, al parecer, no le prestó atención al de las barbas, y se quedó por ahí de pie, en silencio, casi transparente. Estaba dándose cuenta de que su proyecto fracasaría. No quería dar sermones ni tratar de convencer a sus viejos amigos sobre un proyecto que ya habían aceptado. Entonces enfrentó al Calamina, tratándolo de cobarde. Éste le respondió que era necesario ir con más cautela por la vida, que con esa actitud en cualquier momento era posible convertirse en un asesino de Trotsky.

–Estás actuando con el corazón para defender la Razón –le dijo el Calamina al Oc–, eso no tiene sentido: sólo la Razón puede defenderse bien. Razonemos. Pensemos. Démonos algo más de tiempo: seguro se nos ocurre una mejor idea.

–Sólo un acto de fe puede salvar a la Razón hoy –le respondió el Oc. Pero era tarde. La duda ya había echado raíces. Hubo un grupo que se mantuvo firme con la intención de llevar a cabo la acción al día siguiente, pero desde dentro empezaron a declinar, siempre bajo la consigna de que tal vez esperando un poco más sería posible convencer a los disidentes o conseguir nuevos partícipes.

La acción nunca se llevó a cabo y el Oc volvió a desaparecer del mapa. Yo no volví a ver a la Calamina, y la gente siguió viajando en esos trenes y comprando las ofertas más caras del mercado.

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4 Comments For This Post

  1. Lucho Bahamondes dijo:

    Sr. Camilo: Quedé con la extraña sensación de que le faltó terminar el artículo ¿puede ser así? lo digo en base al resto de artículos que he leído de usted en ésta sección y porque no veo ninguna crítica, es un relato muy entretenido pero bueno…lo dejo a su teclado, total usted es usted y yo soy yo.

  2. Camilo Rojas dijo:

    Viejo Sr. Luchote: Me alegra saber que a ratos te das el trabajo de revisar estas reflexiones animadas.
    Ahora, hay una pregunta con color a reproche: ¿no veis acaso ninguna crítica acá? Porque al menos yo la veo. Tal vez sea un error mío el no haberla hecho lo suficientemente visible. Con el tiempo uno va tratando de ser menos evidente en las ideas centrales. Quizá ese sea un error propio de nuestra naturaleza racional y neurótica: la dulzura de lo escondido.
    Pero ya que estamos en esto, aclaremos el panorama: la crítica que se hace en este texto es, tal vez, la misma crítica que se hace en todos los ensayos publicadas acá bajo el título de “crítica existencial”: se trata de una crítica a la razón, pero desde la razón. Una autocrítica. Se trata de la incapacidad de autogenerarse de la razón, de sus limitaciones propias, de su necesidad de exterioridad. La razón no puede ser de por sí, y ese problema recorta todo y nos obliga a buscar retóricas ridículas. ¿Por qué? Porque no hay más manera que la razón. La estética es un invento de la razón. La mística también. Y ni hablar de la espiritualidad. Hemos sido degollados con nuestra propia cabeza afilada al momento de nacer. Y eso es lo que se critica acá, esta imposibilidad, esta especie de castración originaria, que nos hace ser como somos.
    Vuestro comentario me arroja dos ideas: primero, que se ha conseguido variar la mirada, cosa que me alegra mucho. La segunda, que tal vez el argumento se ha escondido mucho en la historia. Un choque dulce. Se agradece.
    Un abrazo .

  3. Camilo Rojas dijo:

    El texto está terminado.

  4. Lucho Bahamondes dijo:

    En respuesta a su reproche querido amigo, debo decir que si leí una crítica al momento de leer el artículo…ahora, aunque todas las posibilidades existen no sé si sea lo más cómodo para un lector de una revista online ese tipo de sutilezas. Finalmente me parece que esto corresponde a una columna de opinión y como tal debe respetar ciertas reglas de carácter periodistico más que literario.

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