
A comienzos de este año, me acariciaba mis propias plumas mirando al horizonte y proyectándome. Pensaba que éste iba a ser un año jugoso, habían elecciones y seguro El Pollo, o sea yo, iba a tener mucho que decir. Está bien, faltan las franjas que es la parte más comediante del asunto, y los debates oficiales, que parece que el único que quiere es MEO, pero lo que estamos teniendo es una batalla de lengüetazos. Habla uno pacá, habla uno pallá, y hablan y hablan y hablan puras rarezas.
La típica caricatura del político lo hace ver como un demagogo, el que promete y no cumple, el que habla sólo para ganar votos. En esta ocasión, ni eso. Lo único que hemos visto de las campañas presidenciales son ataques personales o despectivos contra la campaña opuesta, es un uso desmedido de cualquier pequeña oportunidad de humillar al otro. Si ya no podemos convencer a la gente que vote por nosotros, convenzámosla de que no vote por el otro.
Así que sigan así, ya no importa. Que el problema sea la exposición pública de Karensita, el Bowenazo, la crisis asiática en manos de Frei, el embrollo de Madariaga, Zaldívar callao el loro o que a Piñera lo huevee su hermano José (y el negro cuándo). Ya demostraron que el fin para ellos justifica los medios para alcanzarlo; pero el ideal democrático debiera ser al revés, que los medios justifiquen la coronación al final del proceso.
Ya han perdido harto tiempo sacándose trapitos al sol. Al final, cuál está más cagado que el otro, si a esta altura todos han tenido que asumir cagazos, ya no se puede confiar en ni uno.
Viéndolo así lo mejor que han hecho es poner la cara para cosas como ésta:





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