
Comiendo maíz y viendo las noticias hace una semana más menos, tuve noción por primera vez que el señor Marco Enríquez-Ominami era candidato a la República.
Luego me enteré que hace ratito ya que su candidatura estaba planteada. ¿A que se habrá debido mi ignorancia sobre el señor Marco? Probablemente a que no había visto las nuevas encuestas en donde mi socio alcanza ya casi los 15 puntos porcentuales.
Este joven (sí, al lado de las momias animadas es joven) desde chico ha tenido a la política dando vueltas por su vida. Su padre biológico fue Miguel Enríquez, uno de los fundadores del MIR y recalcitrante defensor de las ideas marxistas revolucionarias hacia fines de los ‘60, y asesinado por agentes de la DINA durante la dictadura de Augusto Pinochet, en 1974. Quien sería llamado a reemplazar la figura paterna de su asesinado padre fue el ahora senador por la Quinta Región Cordillera, Carlos Ominami. Este segundo papá, bastión fundador de la Concertación, también era militante del MIR. Sin embargo, al detonarse la dictadura optó por el exilio en Francia, lugar donde se doctoró en economía para volver a fundar el renovado Partido Socialista a mediados de los ’80, transformándose en pilar ideológico de la transición pactada hacia la democracia que tuvo a lugar en Chile luego del plebiscito del “Si” y del “No”. Su madre, Manuela Gumucio, es periodista y socióloga y fue de ella de quien heredó su interés por las comunicaciones que se tradujeron en su incursión en la Dirección en Cine y Televisión antes de la carrera política.
Y sin más ni más, luego de esta rara mezcla de ingredientes revolucionarios, progresistas y comunicacionales y con apenas un período como diputado a cuestas, Marco Enríquez-Ominami desafía al establishment concertacionista llevando su candidatura aún sin el apoyo de su conglomerado ni de su partido. Las suspicacias aparecen inmediatamente, los humanos sacan a relucir sus garras y todo mundo cuestiona o no da crédito a la destellante figura del joven congresista.
Por su parte, Marco no se arruga y se le ve cauto y seguro. Se maneja con una soltura absoluta ante las cámaras de televisión, y logra reunir en su discurso una mezcla de las ideas estatistas que caracterizan a las izquierdas liberales, junto con una crítica al conglomerado que lo vio nacer como político y así también una furibunda oposición a los excesos e individualismos propios del modelo neoliberal.
¿Serán señales de nuevos aires en la política chilena este repentino 14% de apoyo en Enríquez-Ominami? ¿Estará ese sorprendentemente avejentado padrón electoral chileno harto de las mismas caras, las mismas ideas disfrazadas con guirnaldas de colores, promesas vacías, mentiras descaradas y bajas intenciones? Y por último ¿será acaso este mozuelo el indicado para llevar la renovación a la política, así como una especie de Obama latinoamericano con olor a chicha y empanadas?
Hasta el momento, lo único claro es que este chiquillo va en serio, que tiene algunas cosas que decir, que según dice renunciará a su partido con tal de llevar la candidatura hasta las últimas consecuencias y que su peinado para el lado con gel no lo mueve ni el Huracán Katrina. El resto, el Gran Pollo, el tiempo y los votos lo contarán.





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