A sus 90 años, Eduardo Parra Sandoval está convencido de sus ganas de vivir y de la fuerza que esto le ha dado para mantenerse contra todos los diagnósticos, que dicen que tiene los días contados. El amor de su familia, de sus amigos y de su público, que le rindió un homenaje del cual se muestra tan agradecido, han sido el mejor incentivo para que este artista popular no se rinda.
Eduardo Parra, más conocido como el tío Lalo, disfruta cada minuto de su vida. Se ve feliz, aunque algo preocupado. Después de pasar varios meses internado en un hospital, decidió no volver nunca más. Dice que de morir prefiere hacerlo en su casa, en su cama. Este hombre no tiene ninguna intención de dejar a su esposa que, 40 años más joven, lo mira como el gran amor de su vida, el único amor. A ella le dedicó su canción favorita, Negrita.
Acostado en su cama, el tío Lalo esboza una gran sonrisa. Elita, como llama él a Elizabeth Castro, su mujer, lo atiende con una entrega que sólo se puede ver de alguien que quiere mucho. Cajas de remedios, un tanque de oxígeno y un sillón para las visitas son algunos de los elementos que rodean hoy a este Parra, que un día llegó a Santiago desde Chillán bajo la promesa de nunca más tocar la guitarra.
“Nicanor dijo, yo me los voy a llevar a Santiago de a uno por uno con esa condición, ustedes prometen, juran, que no van a tocar y cantar nunca más y tuvimos que jurar, pero con los dedos así (los cruza), porque no le cumplimos”, recuerda el tío Lalo.
Y así fue. Eduardo Parra, ya más grande, pensó que había encontrado algo a qué dedicarse que no fuera la música: milico. Pero no resultó. Se dio cuenta de que no era lo que esperaba. Pensó que ser militar le daría algo así como elegancia y descubrió que era un oficio que no tenía nada que ver con eso.
“Me gustaba el uniforme de los oficiales. Se veían tan bien. Yo los quedaba mirando. Era un palomilla en ese tiempo, un lustrador de calzado, y decía: cuando sea grande voy a ser así. Pero cuando hice el servicio militar no los podía ver. Afuera son hombres elegantes, encachaos, pero adentro son peor que los pacos. Grave el asunto. Mucha disciplina, y tienen que hacerlo así, o si no sería el despelote”, dice.
Entonces el tío Lalo no se alejó nunca de la música. Después vinieron los buenos tiempos. Los mejores, como él recuerda. Los tiempos de RCA Víctor, los viajes por Latinoamérica. Los tiempos de cuando tocaba junto a sus hermanos. Es con ellos con quienes más le gustaría volver a actuar.
Aunque desde la generación de Lalo en adelante los Parra han sido famosos por ser artistas, su padre y su abuelo también lo fueron. Su padre, Nicanor, tocaba la guitarra y su abuelo, José Parra, también lo hacía. Éste había estado en la Guerra del Pacífico, y “de recuerdo” se trajo una herida de bala cerca de la sien que lo dejó ciego.
“De todo cantaba. Yo lo oí una o dos veces, porque era muy niño. Tenía unos cinco años. Me sentaba en el suelo, él acostao, no me veía, era ciego como dije, y yo, calladito ahí oyéndolo. Creo que nunca se dio cuenta de que yo lo escuchaba”.
Lalo Parra no distingue en grados de admiración a sus hermanos. Para él todos son iguales, no existen diferencias.
“Sabemos lo que hace cada persona, pero lo miramos así no más. No decimos nosotros Nicanor Parra es nuestro hermano y es el más admirado en el mundo. No. Nicanor es nuestro hermano no má. La Violeta es nuestra hermana. Lautaro, Óscar, Roberto, todos iguales. Nadie es superior al otro. Todos somos iguales, cada uno hacemos lo que podemos”, explica.
Pero hay algo que distingue a Eduardo Parra del resto de su familia. Dentro de toda la geografía que existe en la familia Parra, don Lalo es muy especial. Don Lalo es un guitarrista rítmico ante todo, sin tener el virtuosismo que tenía don Robert (Roberto Parra), pero es de una personalidad humilde, demasiado lúcida, a diferencia de él. A don Lalo yo lo admiro mucho. Su aporte es el que entrega cada uno de los músicos que tienen personalidad y carácter. Su propio estilo de tocar la guitarra y una manera de cantar sencillamente avasalladora. “Es una enciclopedia de música”, señala Ángel Parra, sobrino nieto del tío Lalo.

Eduardo Parra tuvo que abandonar su antiguo barrio en Cerrillos para estar más cómodo en un departamento de Macul, sencillo y acogedor, donde junto a su señora y a su sobrina Clementina Sudzuki forman una familia. Aquí se mantienen a mayor distancia del reggaeton, estilo musical que detesta y que en su antigua casa lo perseguía.
La sobrina de Elita, Clementina, dice que vivir con el tío Lalo es un orgullo, una suerte y una gran responsabilidad.
“Para mí es un placer vivir con mi tío, es en realidad un privilegio, porque es un tipo súper sabio, inteligente, cariñoso y uno aprende mucho de él”, cuenta.
El tío Lalo le enseñó a tocar la guitarra y llegó a formar parte del grupo los Churi Churi. Sin embargo no ha vuelto a tocar desde que el tío ya no lo hace.
“Mi tío colgó su guitarra y yo con él colgué la mía. Cerré mi ciclo”, dice la sobrina.
La humildad y sencillez que caracterizan al tío Lalo no sólo se pueden apreciar a través de su música. Eduardo Parra además escribe y sueña con ver sus últimos cuentos publicados. Le entristece la respuesta que le dan las editoriales en las que duermen La niñez de Nicanor Parra (Alfaguara) y Las cartas de la suerte del doctor Parra (Editorial Planeta). “Están esperando a que me muera porque ahí van a ser el negocio grande”, dice el tío Lalo. Elita, con la cara llena de tristeza, cuenta que es cierto, que eso le dicen a ella cada vez que pregunta por los cuentos de su amorcito.
El tío Lalo quiere seguir creando. Dice que tiene muchas historias en su cabeza aún. Muchos cuentos, algunos con algo de verdad y otros puros inventos. Su favorita es La princesa peorra. Por eso, dice, que decidió pedir una prórroga de por lo menos unos diez años más en la Tierra. Quiere acompañar a su Elita, una de sus mayores alegrías en la vida, y realizar sus proyectos pendientes.
El cuarto hermano de los Parra tiene muchos planes para el futuro. Entre ellos, hacer una fiesta para el 18 de septiembre en su casa y montar una exposición de canastos de mimbre que viene pensando desde que era niño. Desde el mismo día que llegó a vivir a Santiago. En su casa tiene más de cien canastos que ha ido coleccionando de distintas partes de América. Desde Canadá hasta Chile. Si le ofrecen un regalo él pide eso, canasto de mimbre, porque le recuerda al día que su madre lo mando en tren desde Chillán con uno.
Recuerda que en los tiempos de su ida de Chillán, no había plata para una maleta de verdad, así que a Clarisa, su madre, se le ocurrió echarle la poca ropa que llevaba en un canasto de mimbre.
“Vi yo la maleta, pero no me extrañó mucho. Y partí a Santiago, con mi guitarra y mi canasto. Hasta en el tren me lo quedaban mirando, así como diciendo ¿qué llevará ahí?, porque en Chillán por lo menos se usaba llevar pollos vivos. Yo me achunché, tanto que me miraban el canasto”, cuenta el tío Lalo que decidió hacer un homenaje a su maleta.
Han pasado cerca de 85 años ya desde ese momento. Hoy se enfrenta a otra realidad. Ahora es uno de los personajes más populares del folcror chileno. Uno de los más queridos también. Así lo siente. Dice que está lleno de amigos, de todas las clases sociales. Dice que tiene amigos pobres con un corazón muy grande, que también los tiene de mediana situación y que son buenos amigos también, pero que de los millonarios, cuesta hacerse.
“Son amigos un ratito, después, chao no má. Dicen ellos por ahí que son grandes amigos, pero yo les creo poco”.
Eduardo Parra Sandoval dice que la vida es linda, que hay que saber disfrutarla. Le molesta la actitud de los chilenos tan pesimista, que no saben apreciar los grandes desarrollos que ha tenido el país. Está orgulloso de tener una Presidenta mujer y dice que el Transantiago es uno de los avances más importante que ha tenido Chile. También le molesta la impuntualidad de las personas, recuerda que ni a la niña más linda la espero por más de diez minutos.
Cuti Aste recuerda que en una de las presentaciones que tuvieron una vez en Copiapó con cerca de cero grados de temperatura, él le pidió al tío que saliera con abrigo y no sólo con terno, porque tenía fiebre, más de ochenta años y una cantidad de hospitalizaciones importantes. A esto Parra respondió que por ningún motivo.
“Él siempre llegaba a la hora y siempre ensayaba hasta que estuviera perfectamente conforme con el sonido de las canciones”.
Tanto el tío Lalo como sus hermanos, en especial Nicanor y Violeta serán recordados por su profundo amor por las raíces folclóricas, culturales, etnográficas y por rescatar la esencia de su pueblo.
“Lo que hacen ellos no tiene que ver con traer la novedad, sino que todo lo contrario, es mantener viva la voz del pueblo a través de las canciones”.
Eso va en contra del nuevo orden, según explica Cuti Aste, que se basa en quitarles a los pueblos su identidad para transformarlos en esclavos de un solo imperio mundial.
“La gracia de todos estos viejos es que son como boyas flotantes en un océano donde todos somos náufragos y nos salvamos sólo si encontramos puntos de referencia como ellos, que son capaces de tener el coraje de dedicarle la vida a investigar en un tipo de música, de cultura y de actitud que hoy en día no es la que se está promoviendo, que no es la que todos estamos consumiendo ahora. Ellos son museos vivientes. Son testigos de un mundo que se acabó y que ya no va a existir nunca más”.
Y uno de esos viejos es el tío Lalo, un gran personaje, que inspira cariño desde el primer momento en el que uno habla con él. Su entorno lo quiere mucho, lo admira y consideran un gran folclorista. Se lo ha ganado porque además él es extremadamente profesional.
















