SE CACAREA ACÁ
29 Jun 2008

La verdad

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Estábamos tomando una cerveza en una fuente de soda en Viña del mar, en 12 norte con 5 oriente. Acabábamos de jugar un partido de fútbol, y nuestras cabezas estaban un poco confusas por la sobredosis de oxígeno, desvirtuación que se alzaba y alegraba con los fríos vasos del supuestamente fermentado líquido ancestral.

Éramos cuatro: el Rizoma, el Osolote, el Papa y yo. Por ahora, podemos decir que el Papa es un aristotélico ferviente y católico, el Osolote un nihilista dotado de una excelente memoria historiográfica, el Rizoma un tipo callado, y yo un platónico realista frustrado, o algo así. Se hacía difícil la conversación. Todos queríamos ser gentiles con el resto, pero el cansancio y la cerveza nos había vuelto inevitablemente honestos. Y así fue como empezó el problema:

El Rizoma hizo un comentario respecto a los trabajos del pseudofilósofo francés Giles Deleuze, y yo exclamé ¡basura! Luego el Osolote hizo algunos comentarios respecto a los inmensos aportes del francés, y agregó algo respecto a la relatividad de la palabra, a la imposibilidad de la captura de las ideas por parte del lenguaje. El Rizoma asintió en silencio, y el Papa pidió otra botella del dorado elemento.

Entonces yo le dije al Osolote que sí, que estaba completamente de acuerdo respecto a esas características del lenguaje, las cuales no sólo nos imposibilitan ese ideal de “comunicación real”, sino que además nos hacen posible toda nuestra humanidad, caracterizada por el deseo que surge en la eterna falta. Sin embargo, cuestioné la posibilidad de plantear esta idea seriamente desde la teoría, por la simple razón de que es mediante el lenguaje que se plantea la teoría, y la teoría supone que está siendo entendida por los lectores.

Ahí el Osolote alzó la voz y defendió a los postestructuralistas, a los franceses del lenguaje intrincado, planteando que ellos sí logran comunicar, mediante un lenguaje repleto de ironía y citas, esa idea tan compleja. Yo acepté la idea, pero no del todo. Todos finalmente buscan la verdad, dije, y estos galos creen que pueden plantear que la verdad no es su objetivo, sin caer en contradicción.

Todos los pensadores buscan la verdad, como quiera que sea planteada ésta. Todos quieren dar con “lo cierto”, aunque esa certeza sea que la verdad total es imposible. Y de hecho yo adhiero a la idea de que la verdad total es imposible, el caso es que se necesita la verdad para poder decir eso. La verdad desteñida de cualquier color ético, la verdad entendida justamente como la intención de explicitar la idea con las palabras. La verdad como verdad de lo que se piensa. Puede haber mentira, pero siempre en relación a la verdad; puede haber ironía, puede haber equivocación, puede haber retórica y análisis minucioso, y siempre se girará en torno a la verdad del enunciado. Todo enunciado implica antes que nada una suposición de verdad del mismo. La verdad de la intención de decir, la verdad como el gesto “positivo” de la acción de comunicar algo. Por eso la verdad es imposible, pero al mismo tiempo es indefendible su inexistencia. Es un laberinto sin salida, una trampa inherente al juego.

La verdad puede ser buscada de múltiples modos y en muy diferentes lugares, pero siempre será el único norte, siempre será el primer paso a dar, aunque todo el camino posterior intente un retroceso. Es el paso originario. Luego el lenguaje nos confunde, y nos hace imposible dar con ese primer paso, con el “sí” verdadero que dio pie a la gran mentira. He ahí el gran problema de la filosofía, el de dar realmente con algo, cualquier cosa. No hay más que roces, caricias. En eso el Papa se levantó de la mesa y nos quedó mirando a todos desde las alturas. Toda la razón, dijo, y se zampó su vaso lleno al seco, pagó toda la cuenta, y se fue, no sabemos si llorando o riendo.

Qué insoportable es todo esto, dijo finalmente el Rizoma. Siempre es mejor ponerse reglas y esperar que el tiempo pase. Siempre es mejor nadar en una piscina que en el mar. Es más sano. Finalmente nos pusimos de acuerdo para jugar a la pelota la semana siguiente, y nos despedimos sin brindar. La libertad es una tortura, decían por ahí. La verdad también, terminó diciendo el Osolote.

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