La gran trampa

11 agosto 2009 por Camilo Rojas

promotoras

Íbamos con el Corbata y el Mermelada cruzando un populoso paseo peatonal cuando dos muchachas vestidas de blanco se nos acercaron con unas sonrisas de mentira y nos ofrecieron unas tarjetas de crédito.

El Mermelada, medio enamorado medio caliente, enganchó en la oferta y se puso a conversar con la más morena. La otra inmediatamente abordó al Corbata. Yo, para evitar la llegada de otra de esas palomas blancas, me alejé un poco, pero cuidando no perder el diálogo entre mis amigos y las más o menos lindas vendedoras subcontratadas por no sé qué supertienda.

–¿Por qué quieres que yo tenga esta tarjeta? –le preguntó serio el corbata a la muchacha. A lo que ella respondió con una confesión muy comprensible:

–Bueno, la verdad es que a mí me pagan por comisión, y si tú te inscribes a mí me pagan un poco más.

Su mirada era enternecedora. Estaba compartiendo un secreto con el Corbata. Ya lo tenía. Pero no. El corbata tiene la extraña costumbre de no tratar a las personas como personas, sino como meros fenómenos sociales. No siente afectos por los demás, ni negativos ni positivos; considera que emitir juicios de las cosas, y sobre todo de las personas, es completamente estúpido. Sin embargo, a veces se entretiene molestando a la gente. Por eso volvió a interrogar a la muchacha.

–¿Y no te das cuenta de que por conseguir un poco de plata te estás cagando a medio mundo? ¿No te das cuenta de que esas tarjetas son puro veneno para hacer que la gente compre mierdas y quede endeudado, amarrado su trabajo como un esclavo porque si no paga las deudas sus hijos no podrán estudiar algo decente? Tú, haciéndote la tonta, quieres cagarme a mí también, y te escudas en que tienes una bonita sonrisa y algunos otros bellos atributos. Porque hay que decirlo, eres muy bonita.

El tono seductor y la sonrisa amigable del Corbata ruborizaron a la señorita, que se quedó mirándolo sin saber si debía enojarse o agradecer. Entonces el Mermelada salió en defensa de la amiga de su nueva enamorada.

–Bueno, puedes no sacar la tarjeta y listo. Estamos en un país libre: el que quiere comprar algo, que lo compre. ¿O acaso vas a empezar con esos paternalismos estatistas de que hay que guiar a la masa de ovejas?

–No precisamente –le respondió el Corbata, aún sonriendo–, a mí ya no me importa mucho lo que pase con los Estados. Tampoco me importa mucho lo que pasa con el mundo. Sólo estoy haciendo ver a esta señorita cuál es su rol en el sistema, y estoy dándole la oportunidad de que sea menos inocente de lo que es, porque, evidentemente, tiene la facultad de darse cuenta, pero no lo hace por mediocridad.

Curiosamente, la muchacha no respondió nada.

–Mira güeón –volvió el Mermelada–, tú no sabes nada de la vida de ellas. No sabes si tienen hijos que alimentar, si necesitan plata para estudiar o si tienen que ir al médico…

Pero la que estaba junto a él lo interrumpió indignada:

–¿¡Y si quiero trabajar para comprarme un secador de pelos y unas pinturas de uña!? ¿Acaso no puedo darme lujos? ¿Qué creen que somos? ¿Unas esclavas, unos animales?

–No, no, nada de eso –la interrumpió el Corbata–, sólo son unas autómatas. Unos seres que han perdido la posibilidad de elegir el lugar y el modo en el que habitan el mundo. Con suerte elegirán los colores de sus cabelleras y de sus prendas… aunque ni siquiera eso. Ya han perdido la mirada, están muertas. Y no sé si puedan salir de allí. Definitivamente han caído en la trampa. Pero bueno, no sé para qué les digo esto a ustedes, pues una vez que alguien cae en la trampa, ya no es realmente “un alguien”, y no podrán darse cuenta de lo que estoy hablándoles. Son las células de una oreja inmensa que no escucha palabras humanas.

Las jóvenes se quedaron mudas. Miraban al Corbata con espanto. El Mermelada, por su parte, se había ruborizado de ira y construía un contraataque. Pero no alcanzó a implementarlo: el Corbata ya se le había ido encima de nuevo:

–Mermelada, esto es una trampa. Estamos en el constante peligro de caer en la trampa. Y si caes, no hay vuelta atrás. Si caes, pasas a ser parte de ella, y eso es la ruina de tu conciencia, la ruina de tu voluntad y, en definitiva, de tu valor en tanto unidad singular. Siempre has sido parte de otra cosa más grande, la familia, la ciudad, el continente, el planeta entero. Sin duda eres parte de ello, pero la gracia de ser conscientes nos permite enterarnos de ello, y manipular nuestros propios modos de pertenencia al mundo. Tenemos la capacidad de responsabilizarnos de nosotros mismos. Tenemos la posibilidad de elegir.

Entonces el Mermelada se olvidó de las muchachas y se quedó pensando. Hasta que, unos segundos más tardes, sin el menor asomo de ironía, le contestó:

–Sí, está claro: no hay que dejar que te chupe la máquina. Pero ¿cuándo crees tú que ya puedes considerarte un chupado por la máquina?

–Caes en la trampa cuando eres tan idiota que crees que puedes hacer uso de ella. Lo único que hacen es caer en ella ignorando que han caído en ella. Es terrible. Es la peor muerte de todas, porque no queda ningún rastro de alma en la persona: se ha ido su singularidad y ha devenido masa, masa de otra cosa, una cosa social, ciudadana, qué sé yo. Esto puede ocurrir de muchos modos. Por ejemplo, cuando te sientes identificado en una publicidad o cuando le crees a un candidato a presidente o senador. Si ello ocurre, has caído en la trampa, duda no te quepa, y ya no sé si puedas volver a salir. Tus afectos han quedado atrapados en una máquina descontrolada, en la trampa.

El Mermelada se quedó pensando. Hasta que le volvió la mirada a los ojos:

–¿Pero y quién puso la trampa?

–Eso es muy simple de contestar, pero muy difícil de entender realmente, ni yo estoy muy seguro de entenderlo –respondió el Corbata mirando lejos–; puedes decirle como quieras: el todo, Dios, el tiempo, el Ser, el Uno. Evidentemente no se trata de un ser humano. Es el orden de las cosas. La vida misma tiene la forma de una trampa a la que estás condenado a caer de alguno u otro modo. Y nuestro único valor es la posibilidad de combatir frente a la trampa, evadirla hasta la muerte, que es la última forma en la que ella aparece.

–Creo que concuerdo con casi todo lo que piensas –comentó finalmente el Mermelada, cuando las señoritas ya estaban conversando con otros dos tipos que iban pasando por ahí–; de hecho hasta me gusta la idea de la trampa. Pero, ¿cuál es el problema con caer en la trampa y dejar de ser singular? ¿Qué tanto con la singularidad? A mí la verdad es que toda esa idea tuya me huele a megalomanía rebajada: en lugar de elevarte a ti, tiras para abajo a todo el mundo.

El Corbata sonrió. El Mermelada tenía algo de razón. Sonó un celular. Conchetumadre, dijo uno de los tres. Ya íbamos veinte minutos atrasados a la reunión con los de la empresa que en una de esas ponía un par de lucas.

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