De la estupidez y el ser

19 junio 2009 por Camilo Rojas

cielo

Buenas tardes. Soy Juan Miraflores. Vivo en Yucatán, México, y no sé muy bien qué hago acá con ustedes. Tal vez es para que les cuente la visita que me hizo mi amigo Frentenalto hace unos días, ya no sé cuántos. Andaba de paso por la zona y llegó con cervezas a la casa. No se veía muy alegre.

En realidad estaba decepcionado de todo y de todos, y sentía que todo se estaba yendo a la mierda. “Naturalmente, respondí yo, naturalmente, todo está hasta las pelotas, pero ¿qué le vamos a hacer? Yo creo que es mejor reírse del desastre que llorar frente a él. Además el desastre tiene rostros, tiene instituciones. El desastre es algo que cada vez resulta más lógico. Ya perdimos la confianza en nuestra especie. Todos actúan de un modo diferente a como piensan, todos simulan. Esto es una gran mierda, pero ¿qué le vamos a hacer?”

El Frentenalto miraba el techo meditabundo y empezaba con lo de que ya no hay gente seria, que todos hablan con naturalidad de muchos asuntos de los que en realidad no saben nada, y que eso lo desesperaba. Tenía toda la razón. Pero no tenía sólo la razón: también muy comprometidos los afectos. El pobre Frentenalto sufre por todos nosotros, sufre por el mundo y por nuestro gran fracaso, está como fundido en el todo (en realidad todos estamos fundidos en el todo, pero lo que nos caracteriza como curiosísimos especímenes es precisamente que no nos sentimos parte del todo, que hemos creado nuevos centros: unas cosas a las que hoy intentamos decirle “yo”; y el Frentenalto es un espécimen raro entre los humanos precisamente porque, a diferencia de la mayoría de los humanos, y a semejanza de cualquier animal o cualquier bosque o cualquier roca, vive su vida desde el todo, o al menos lo intenta). Y no sólo vive su vida desde el todo, sino que además quiere el bien para ese todo, quiere que ese todo, que todos los humanos, que toda nuestra historia, que todo el planeta vaya en un “buen sentido”, que vendría a ser todo lo contrario que el desastre que vemos hoy.

En realidad el Frentenalto no tiene muy claro qué es lo que quiere para el mundo, pero está muy seguro de que no quiere un mundo como el que lo alberga. Y yo no podía dejar de estar de acuerdo, pero simplemente ya no estaba dispuesto a seguir sufriendo por el mundo; no se trata de volver al yo para defenderse del mal, como temerosos guerreros en desventaja (ése es, en cierto sentido, el ser humano que intenta describir Freud y la única opción de ser humano que la religión católica considera “buena”). Tampoco me parece muy sensato el camino del heroico filósofo Platónico. Creo que lo mejor es asumir el desastre y entenderlo, sin caer en su delirio. Todo se va a la mierda, y, es más, me parece que todo, el todo, es en tanto se está yendo a la mierda. Todo se acaba y es en tanto se acaba. Todo se olvida y está siempre olvidándose. Es terrible. Como decía el doctor Artigas una tarde de ácido: “La cosa es seria, muy seria. Pero esta cosa seria es. Es todo. Es lo que hay”.

Podemos entender más o menos de qué se trata, pero tememos. Nos cagamos de susto frente a la oscuridad del tiempo. El ser humano teme como un niño perdido, y ese temor, ese miedo que lo funda, tiene mucho que ver con nuestro instinto gregario. Esto ya ha sido repasado muchas veces por diferentes estudiosos, pero se comete un pequeño error, que es uno de los errores más frecuentes de esas ideas aplicadas que conocemos como ciencias. Creen que lo que se encuentran, los casos, describen cierta esencia, y luego aplican esa idea general a todos el resto de lo que se ha clasificado bajo el mismo rótulo. Evidentemente muchas cosas se revelan mediante el estudio científico, las clasificaciones son necesarias para poder entender las cosas, y de hecho el pensamiento filosófico tomará prestado casi todo de la producción científica. Pero las ciencias son estúpidas, como cualquier ser humano.

Las ciencias disfrutan más viendo su propia obra que aquello que tienen al frente. Se pierden la singularidad de las cosas, de los momentos, se pierden el todo y su cambio total, que ocurre a cada instante. La bruteza de sus análisis es ridícula. Todo estudio científico debe asumir una serie de “verdades científicas” mientras trabaja, pero sabe muy bien que esas verdades en las que se funda todo su análisis son completamente cuestionables, y, peor aún, toda propuesta científica asume que algún día sus presupuestos serán desmentidos. Entonces uno se pregunta: ¿cómo diablos hemos pasado tanto tiempo pensando y actuando de un modo tan estúpido? Y bueno, ahí uno cae en cuenta de que el mayor problema es que al ser humano no le importa realmente el todo, y que más bien se defiende de él, temeroso, resguardado bajo las techumbres de su yo. Los científicos que intentan comprender al ser humano, entonces, han hecho de este ser humano una regla, precisamente porque casi todos los seres humanos se comportan de esa triste manera. Entonces postulan que el ser humano es una bestia desolada. Y todos nos maravillamos porque la descripción de la bestia nos resuena fuertemente, porque sabemos que ese agujero es nuestro gran peligro. Pero muchas veces el pensador se ve atormentado porque cree, estúpidamente, que esa regla es una necesidad, olvida que se trata de una contingencia importante, pero contingencia al fin y al cabo; entonces asumen que los seres humanos resisten y temen, y luego ellos también temen y resisten, hacen un esfuerzo total por no ser devorados por aquello a lo que tanto le temen.

Se trata de la misma resistencia que unos franceses no hace mucho usaban para describir la filosofía. Y claro, hoy en filosofía se resiste, con un miedo oculto; existe una fuerte resistencia a cambiar de opinión frente a algo. Esos nefastos pensadores franceses han visto que muchos esfuerzos filosóficos, sobre todo los sistemas más organizados, poco a poco se vuelven resistentes, se encierran en su yo para producir y producir ideas, cada vez más recursivas y despreocupadas por lo que ha ocurrido o está ocurriendo afuera. Entonces esos filósofos franceses –que en realidad son más bien científicos de la filosofía– dijeron claro, cómo no, es evidente que la filosofía “es” así.

Y bueno, así está la cosa hoy, todo revuelto, todo confundido, pero ¿cuándo no ha sido así?

“Claro, me dijo el Frentenalto, claro, estoy de acuerdo contigo, pero entonces ¿qué hacer? ¿Qué es lo chistoso de todo esto?: concuerdo sobre todo en eso de que el ser humano está podrido y que tal vez todo su sentido es esa podredumbre; pero creo que esa tendencia o, más bien, esa esencia no necesariamente es aplicable al todo, a todo el mundo, a todo el tiempo”.

Sabíamos a qué nos referíamos, pero no fuimos capaces esa tarde de desarrollar bien nuestros argumentos respecto al sentido del todo. Y creo que incluso ahora me sería muy difícil expresarme al respecto, pero intuitivamente tiendo cada vez más a convencerme de ello. Tengo la impresión de que es evidente, que está muy a la vista, pero que nadie, salvo los valientes y algunos locos, tiene los cojones para asumirlo. Y yo no soy muy valiente, de manera que debería pensar que estoy un poco loco. No hay problema con eso. Intento seguir fundido con el todo, pero sin sufrir por él. Y además puedo contarles cómo es que logré asumir esto: el ejercicio fue duro pero muy eficaz. Pensé mucho en mi propia muerte, en el final de todas las cosas, en el olvido de todo.

Pasaba noches enteras golpeándome con esa imagen de la nada. Las ideas se mordían entre ellas y me daban ganas de huir, de esconderme, de tapar esas verdades con imágenes alegres, de refugiarme en mi yo. Pero no di pie atrás y luché contra mi cobardía durante muchos años de mi infancia. Busqué la mirada de la verdad sin descanso, y me he dado cuenta de que su mirada es estúpida, que es el error por excelencia. Hoy ya lo he asumido, y no tengo miedo. Estoy templado. Puedo tolerar la presencia inagotable de la nada. Yo le decía estas cosas al Frentenalto y él me miraba desilusionado, compadeciéndose de mí, sin duda. Le contaba que yo ya no me preocupo de esas cosas, que no tengo que gastar mi tiempo en combatir al horror, que prefiero asumirlo y vivir con él, así es la cosa, habrá que entender la cosa tal y como es pues; le decía, en definitiva, que ese error, en realidad, cada vez más va adquiriendo el rostro de la estupidez.

La existencia es hermosísima, el todo es realmente impresionante, pero es absolutamente estúpido, es en sí un fracaso, un error magnífico. Y lo estúpido me hace reír, y, asumiendo que realmente yo también estoy fundado con el todo, que “soy”, en cierto sentido, ese todo, he aprendido también a reír mucho de mí. ¿Por qué podría temer? Mi estupidez es la misma estupidez de todo lo que existe, y este gran desastre es realmente estúpido, pero también hermoso, como la hermosa mujer de ojos azules que conocí alguna vez. Entonces el Frentenalto saltó de la silla y desenvainó un sable que llevaba amarrado escondido en la espalda, intentando darme un corte mortal en el cuello. Yo alcancé a saltar…

Hacía mucho frío en el salón en el que me estaban entrevistando los tipos, entonces interrumpí el relato de mi conversación con el Frentenalto para decirles señores, yo no sé qué hago acá con ustedes. Podrían decirme al menos si les interesa realmente lo que les estoy contando. Las personas de la sala me miraban seriamente, hasta que al fin una señora con cara de saltamontes me dijo que ya estaba bien, que podía ir a mi habitación, para luego sacar de su bolsillo una jeringa inmensa repleta de un líquido negro. Y entonces desperté de ese tan vívido y aterrorizante sueño. Mi nombre efectivamente es Juan Miraflores, pero ya no vivo en Yucatán. Viví toda mi infancia en esa zona, pero por asuntos económicos me he venido a California donde un tío que tiene un taller mecánico.

Mi amigo el Frentenalto sí existe, pero no lo veo hace mucho tiempo, y nunca hemos hablado de asuntos tan grandes como ese que soñé, en el que me dirigía con tanta naturalidad a unos diez médicos de la mente. Vivo bien y tengo una buena mujer, pero a veces sueño cosas como ésas, en las que un equipo de psiquiatras, tal vez estudiantes, analizan mi caso en una gran sala, muy helada, haciéndome preguntas estúpidas.

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