SE CACAREA ACÁ
14 Aug 2008

Erótico, pornográfico y el cómic

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Siendo aún chico, no entendía la diferencia entre erótico y pornográfico. A decir verdad, ni siquiera sabía que realmente esos dos términos podían distinguirse sin sinonimia. Así, mi primer encuentro con el mundo erótico en el cómic rayó en el ridículo.

No se trató de una lectura de un cómic, ni siquiera de una imagen extrema. Fue una noticia dentro de un tomo recopilatorio de Aliens publicado por Norma, de España, a principios de los 90. Había una imagen de una mujer semidesnuda (a la que en realidad sólo se le veían las piernas y el rostro) con una mueca más bien extraña, y la noticia contaba que en Chile se estaban publicando ediciones piratas de las obras de Milo Manara. Una de esas publicaciones piratas era El perfume del invisible, que, según la noticia, trataba de un tipo que lograba hacerse invisible (evidentemente) y se volvía el amante de la mujer que siempre había deseado. No estoy seguro de la formulación exacta, pero eso era lo que decía en base. Nunca llegué a leerlo, pero esta relación extraña entre Chile, piratería y pornografía me parece un pie perfecto para observar esa noción entre lo ilícito del cómic y la lectura para adultos.

Con el tiempo se dio una mayor masificación de los cómics, lo que significó más polémicas por el contenido, a veces violento, a veces erótico. A su vez, la explosión de la animación japonesa de la mano de los Caballeros del Zodiaco y toda la sangre que derramaban, ayudó a generar noticias sobre cómo los niños estaban observando una creciente ola de agresividad. Eventualmente, muchos cómics terminaron en bolsas y papeles que cubrían sus portadas, explicitando que eran revistas “para mayores de 18 años”.

Incluso algunas revistas que trataban de niñas justicieras de faldas cortas y buen corazón quedaron catalogadas tal como si fueran revistas plenamente pornográficas, idénticas a las Playboy, Hustler o las más folklóricas de nombres graciosos que no puedo recordar (todas con estética similar). Me parecía tremendamente injusto, de pronto mi actividad favorita se había vuelto territorio de las miradas feas y los juicios de suciedad de modo injusto.

De a poco todo esto fue pasando de plano, y las cosas recuperaron más o menos la normalidad, pero esta misma exposición causó, creo, un efecto particular, por lo menos dentro del contexto en que me desenvolvía: los cómics podían ser cosa de adultos, y esto no sólo funcionaba como discurso, podía ser una realidad que se expresaba en papeles censores y venta restringida. Ya crecido, tuve la oportunidad de verificar que el contenido erótico de los cómics no se correspondía con esa imagen de pornografía. Obras como Sin City, por ejemplo, utilizaban muchos recursos propios del erotismo (que nada tiene que ver con lo explícito que se entiende netamente como pornográfico) para complementar un entramado romántico, siniestro y oscuro. El erotismo del cómic requiere de mucho esfuerzo del lector, capacidad de asociación y complicidad. Una viñeta con la ilustración de una mano puede llevar a la imaginación a ver todo un movimiento corporal. No así la pornografía (ubicua en el cómic como en las películas), donde la imaginación es lo de menos.

Los matices están ahí, es cosa de permitir que trabaje la cabeza y no esperar que los dibujos y los diálogos remitan a lo más fácil del sexo gráfico. Pero tampoco hay que ser obstinado. No porque un cómic muestre traseros bien pintados va a ser una pieza pornográfica de por sí. Es sólo cosa de valorar las historias.

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