Nos habían dicho que era un basural. Nos habían advertido que era un solo un pueblo de paso, donde, si hay alguien, es porque va hacia otro destino. Nos habían insistido en seguir hacia la carretera Austral. Sin embargo, no lo hicimos, nos quedamos veinte días hasta hacernos una rutina y vimos cómo las empresas salmoneras, una espinilla inflada en la cara de una pequeña ciudad, van determinando los modos de vida.
En el mes de Febrero, tuvimos la oportunidad con E. de viajar al extremo sur de la carretera que une todo Chile. A 4 horas en bus de Puerto Montt, camino de tierra al que suma saltarse un pedazo de mar en transbordador, existe una localidad más bien conocida por ser el puerto donde uno se embarca para seguir al sur, hacia Chaitén, hacia Pumalín, hacia las conocidas rutas turísticas que se usan generalmente. Es Hornopirén, debajo del volcán Hornopirén, cuyo nombre viene del mapudungún y significa Horno de Nieve.
El bus desde Puerto Montt partía a las 6, lo que nos permitía llegar a una hora decente para buscar alojamiento. Pero justo ese día uno de los dos transbordadores que atraviesan el estuario de Reloncaví, estaba malo. La cola de autos era terrorífica y esperamos tanto que finalmente repararon el Trauco, el otro barco. El viaje lo hicimos en siete horas, de las cuales la mayor parte estuvimos pasando el tiempo en Caleta La Arena, esperando para cruzar. Conocimos mucha gente que iba a Hornopirén, la mayoría iba a seguir su camino al sur.
Arriba del Trauco comenzamos a conversar con la gente para ver si alguien nos dejaba poner la carpa en el patio, en eso topamos con una pareja en la cubierta. Habían oído nuestro problema y él nos contó que su mamá alojaba gente, la llamó por celular y nos consiguió cama por una noche. Nos quedamos mirando las estrellas y él nos hizo una sinopsis del lugar al que nos dirigíamos.
El Claudio vivía a una cuadra de la casa de sus padres, donde nos íbamos a quedar. Él había venido a Puerto Montt con su polola a hacer las compras del mes, porque en Hornopirén son más caras. Nos contó que era pescador, igual que su padre. Antiguamente salían juntos a pescar pero que ahora trabajaba para la salmonera. Su padre también, había dejado lo que uno se imagina de pescador romántico, el de las novelas, el que sale antes que el sol a altamar y se caga de frio con melancolía. Ahora él también trabajaba para la salmonera.
En un comienzo uno puede pensar que la salmonera es una empresa devoradora y que se está quedando todos los peces y que por eso los pescadores artesanales —como se les llama hoy en día para contrastar la matanza desproporcionada de las grandes empresas— habrían perdido la lucha. Pero no era tan así la cosa. Al Claudio, al menos, le resultaba más fácil. Si bien los horarios eran ridículos —porque la salmonera no queda en Hornopirén mismo y debían viajar cada día hacia
allá—, lo satisfacía el salario fijo que le llegaba cada mes. Además iba a tener un hijo y tener pega lo tranquilizaba.
Estuvimos unos días en Hornopirén, acampamos en los alrededores, volvimos cada vez a la ciudad a alojar donde los padres del Claudio: la señora Nancy, gran cocinera y manejadora del negocio del alojamiento (carpas en el patio y unos buzos de la salmonera, entre otros); y don Rafa (en la foto), de quien vamos a hablar ahora.
La semana que estuvimos allí se vino el gran evento del verano. En el gimnasio de Hornopirén tocaba Mario Guerrero, el pelagato de Rojo. El movimiento era insual, venían las chiquillas de los pueblitos vecinos a verlo, se llenó la plaza durante el día, y en la noche, gritos, sólo gritos de mujeres salían del gimnasio. Razón demás por la que decidimos ni asomarnos. Regresamos a casa, donde estaba don Rafa tomando un pisco sour solo, esperando que volviera su señora y su hija. Ahí nos sentamos a conversar y a calentarnos la garganta.
Don Rafael Leutún había nacido en una de las islas que quedan de Hornopirén hacia adentro, recordemos que a partir de ahí Chile se despedaza. En su vida había trabajado duro, había sido leñador con sus propias manos, nos contaba que se iba a vivir al bosque y que se hacía casitas con los leños que recolectaba. Más adelante compró un barco, y comenzó a salir a pescar. Sus viajes mar adentro podían durar hasta 7 días, y nunca iba a saber con cuánta mercadería iba a regresar. Nos contó que una vez naufragó, que habían olas tan grandes y su embarcación era tan endeble que al acelerar el golpe del agua contra la madera lo fue hundiendo, pero alcanzó a llegar a puerto.
Con E. nos empezamos a cuestionar por el trabajo de este hombre, pues lo veíamos muchos días en la mañana en su casa, cortando el pasto, construyendo su segundo piso, casi como un jubilado. Sin embargo, a don Rafa todavía no le tocaba descansar. Ahora trabaja para las salmoneras y no directamente con el pescado. En estricto rigor, trabaja para empresas de comida que le llevan víveres a los salmoneros que pasan semanas enteras en altamar monitoreando a los pescados que crían. Entonces, cada jueves, don Rafa se levantaba todavía de noche, cargaba su embarcación y se daba una vuelta de quince horas por toda la zona de islas y fiordos frente a Hornopirén. Con una grandeza que nunca olvidaremos, nos invitó a hacer el recorrido con él.
Don Rafa nos había contado que prefería este tipo de trabajo. Que era mucho más seguro, que al salir a altamar no sabía si iba a volver con pescado para vender, y muchas veces ni sabía si volvería él. Ahora reparte comida a los que no pescan, sino que cuidan pescados. Antes de zarpar, en el muelle se apareció un jefecito, uno que supervisaba que saliéramos a la hora con la comida. Escuché que le decía a don Rafa que tenía que facturar, que no importaba que no pagaran, que facture y que al final le iban a pagar todo junto. Qué le va a hacer uno en esos casos, la noche anterior don Rafa me había dicho que no le habían pagado nada y llevaba cuatro meses… Vas a altamar y no sabes si vas a volver, es una lucha con la naturaleza; o trabajas para alguien y no sabes si te va a pagar, es una lucha entre confiar en la gente o ser un hijo de puta.
Finalmente zarpamos. Íbamos viajando con el encargado de los cocineros y la comida, y aunque fueramos preparados con un pan en el bolsillo, no nos quedamos sin almuerzo y sin colación, el Sr. César pensó en nosotros. El viaje fue algo de otro mundo. Nos paseamos por el laberinto de islas, vimos de lejos pueblos que quedan solitarios, y en otros lugares descendimos. Pero lo que más hicimos, fue detenernos en distintas estaciones salmoneras, a descargar comida, pero de pasadita las conocimos y supimos un poco cómo funcionan.

En la primera que paramos, nos tocó un amigo de Valdivia que estaba monitoreando al pescado. El cabro muy simpático nos explicó todo, nos mostró las cámaras con las que ven si el pez tiene hambre, nos mostró la comida que le dan —pellets como los de perros— y nos contó que no saben bien por qué pero que se les están enfermando los peces. Respecto de esto último, puedo agregar que una noche conocí un tipo que se había perdido de su grupo —y curiosamente tenía un jockey de Lost—, quien era el encargado de vacunar a los salmones. Uno por uno.
Pero las estaciones salmoneras en sí no son un problema. Como dije, en un comienzo las miraba con odio, porque veía a los amigos de don Rafa trabajando en arreglar las enormes mangueras por las que le tiran comida a los peces mientras pensaba que ellos antes eran quienes los pescaban. Era yo quien miraba todo con ese romanticismo que siempre en un mundo real se vuelve absurdo. Ellos estaban más tranquilos, y si bien no podrían apasionarse por un trabajo como éste, se supone que les pagarían a fin de mes.
Todo esto por un lado. Pero por el otro está la central de la salmonera Ventisqueros en el mismo Hornopirén. Primero vi que todos los hijos de pescadores tenían un pc con Internet, cosa que nunca hubiera imaginado en un lugar en el que a veces no hay ni señal de celular. Naturalmente eran los hijos los únicos que sabían utilizar las máquinas y no del todo, por lo que me puse en campaña y reparé un par de computadores. Cuando me disponía a abrir el aparato era toda la familia alrededor mirando. Era chistoso, pero cuando uno tenía problemas con un cable o algo que no encajaba a la primera, estresaba. De esta manera averigüé que los computadores, algunos, los consiguieron sus papás en el trabajo —¿la salmonera?
Luego, todos tenían bicicletas. Todos. Buenas bicicletas con cambios y formas aerodinámicas como las nuevas. Un día pasando por fuera de la planta de la salmonera vi el dedicado bicicletero que tenían. ¿Se habrán conseguido las cletas en el trabajo también?
Qué problema va a haber si la salmonera da pega y ayuda a la zona. Pero ¿cuál es el costo de esto, además del hecho de que un mes después una salmonera despidió miles de trabajadores?
Yo y E. pasábamos cada tarde en la playa de rocas observando cómo el sol se iba poniendo detrás de las capas de cerros y mar que se veían hasta lo más lejos del horizonte. Cerca de las siete de la tarde, los diversos botes comenzaban a atracar y un olorsillo como a pescaditos Findus empezaba a levantarse. Luego de un rato, la costa estaba tapada de una neblina suave y hedionda. Cierto día decidimos investigar y descubrimos que todo ese humo venía de la salmonera.

Me metí a la página web de Ventisqueros, y además de estar todo en inglés, lo que hace dudar de sus intenciones locales, pude apreciar en el mapa de sus estaciones de pesca que justo la central que quedaba en Hornopirén es llamada Smoke House o Casa de Humo. Ahora, ¿por qué tirar la cosa de humo justo al lado de la ciudad? Quién sabe, seguramente pensaron en la buena ubicación de su planta antes que en la vida de la gente.
Hornopirén es un lugar en el que cuando uno quiere comer mariscos, sale de su casa a buscarlos cuando baja la marea. Es un lugar de esos en que casi todos se conocen, y cualquier cara nueva está de paso. Incluso nostros, extranjeros que nos quedamos, después de dos semanas nos saludaban en la calle. Es un lugar hermoso y pacífico, y las salmoneras irrumpen allí como lo haría un microchip en un martillo. Solamente esperemos que no lo arruinen ecológicamente así como han ido determinando su rumbo estos últimos años.
















