Marcelo Figueroa es un buen amigo de mi hermano mayor. Hace poco me encontré con una antigua novia suya, Felipa Croissant. Yo estaba haciendo una investigación en un restorán pituco en Santiago: tenía que hacerme pasar por mozo sin que los del local se enteraran, y agredir a la gente para ver cómo reaccionaban. Curiosamente, mientras más pituco era el restorán, más se acobardaba la gente frente al garzón agresivo (y digo que es curioso porque nosotros hipotetizábamos una correlación entre pituquería y prepotencia; luego la correlación apareció entre pituquería y cobardía). Pero el estudio no nos aportó muchos datos de interés. Sí me interesó la corta historia de Marcelo. El pobre Marcelo: un tipo que no sabe que las ventanas hay que dejarlas abiertas desde afuera. Dejando de lado las muchas anécdotas de patadas en la raja que nos reportó la investigación, procedo a contar una historia plana que, sin embargo, no sé por qué, me parece bastante tremendamente interesante. Un pedazo de la vida de Marcelo y Felipa.
Cuando un piensa que todo se está perdiendo, entonces es cuando puede brotar lo mejor, es el momento más propicio para recuperar y hacer crecer la fortuna; es decir, cuando la rueda de la fortuna está girando en nuestra contra es cuando más fuerza puede obtener para propulsarse a un giro brusco a nuestro favor. De este modo se daba ánimo Marcelo Figueroa cuando veía que su ex novia le cortaba el teléfono diciéndole que no la moleste más. Ella, Felipa, ya estaba saliendo con otro tipo, pero Marcelo se negaba a asumirlo. Tenía la suerte de no haber leído a John Cheever, de ser fanático del cine y de tener una memoria selectiva muy optimista. Pero lo cierto es que sus abrazos con Felipa ya estaban esparcidos en el fondo de la piscina sobre la que plantaron un edificio de la inmobiliaria Paz; era un amor gastado: ya había recorrido cientos de kilómetros impregnado en las partículas de polvo extraídas de las sábanas que fueron refregadas en las lavadoras eléctricas, la de su casa y la de la casa de los padres de Felipa. Entonces Marcelo la llamaba y le hablaba con voz dulce durante un minuto, para luego tratarla de perra por estar saliendo con dos hombres a la vez; ¡pero si nosotros no estamos saliendo!, le contestaba Felipa desesperada: ¡yo salgo con uno solo, que se llama Rodrigo, entre tú y yo ya no pasa nada! Marcelo estaba a punto de colgar y se tiraba los pelos de rabia, pero entonces se repetía en voz baja: este es el mejor momento para que esto mejore de una vez por todas, entonces le pedía disculpas a la pobre mujer y le decía que la quería. Ella al otro lado del teléfono asentía con el entrecejo levantado, mirando a Rodrigo que sonreía a su lado en la cama, sobre unas sábanas sin gases ni tedios. Pobrecito, murmuraba ella al colgar el teléfono, mientras Marcelo se sonreía sobándose las palmas de las manos, imaginándose a Felipa confundida bajo sus almohadas.
Rodrigo era un exitoso publicista, muy dado a la buena mesa y los ropajes de la última temporada. Felipa tocaba su clímax cuando cerraba la carta forrada en cuero sintético y pedía un plato extravagante. A los meseros les gustaba atender a Felipa, porque a primera vista reconocían en ella esa especie de pretensión dadivosa de la dama que mira a los ojos a su galán exigiendo una buena propina para quien le dio buena atención. Los buenos con los buenos, los malos con los malos, decía a veces al aire; Rodrigo sabía perfectamente a qué se refería, incluso mejor que ella; Marcelo, en cambio, nunca entendió bien la idea, tendiendo a darle un estatuto demasiado abstracto.
Esa misma noche fueron a un restorán del barrio alto, en el cual tenían un 20% de descuento por una tarjeta de crédito que tenía Rodrigo. “Correa, Familia e Hijos” llevaba por nombre el lugar, y sus cerca de 40 mesas estaban ya todas reservadas por hombres de mujer altiva. Se sentaron y él la miró a los ojos, dentro de los cuales Felipa pudo experimentar toda la perfección de su nuevo amor: serio en el trabajo (recientemente contratado por la empresa de comunicaciones más grande del país), muy romántico (solía llegar con flores, sobre todo durante el primer mes que estuvieron saliendo), buen sentido del humor (no se perdía ningún capítulo de The Simpsons), muy culto (leía el diario todos los días, y había hecho un magíster en cultura general), refinado y, lo más importante, bellas facciones y un cuerpo atlético (iba al gimnasio dos veces a la semana).
Yo podía ver el goce de Felipa. Podía oler los colorantes rosados que brotaban de entre sus piernas. Me acerqué vestido de mozo y en lugar de empezar con la broma de la investigación saludé a la mujer. ¡Felipa, tanto tiempo!, le dije. Hacía un par de días había escuchado al pobre Marcelo jactarse de que Felipa estaba a sus pies, esperando una oportunidad para volver con él. Ella, incómoda, me reconoció y me saludó con frialdad. Entonces no logré contener una sonrisa con sabor a pomelo verde. Estaba claro como el agua: Marcelo Figueroa, el amigo de mi hermano, es un estúpido que no sabe que las ventanas hay que dejarlas abiertas desde afuera. Rodrigo, sin embargo, no se ha enterado aún de que existen ventanas, calles y habitaciones hediondas que hay que ventilar.




Mahabharata: La muerte de Pandu
