SE CACAREA ACÁ
04 Jan 2010

Cuatro cuentos cortos de amor adolescente

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Esta semana, aprovechando el calor, la crítica viene con cuatro cuentos cortos de carácter refrescante. Son cuentos de amores adolescentes. Bien veraniegos.

I

Una señorita le dijo una vez a su novio que ella creía que él la amaba sólo porque otros hombres la miraban. Él le dijo que no era así, que la amaría de todas formas, mírenla a ella o no otros hombres. La señorita se decepcionó tanto que, un mes después, abandonó al novio y lo cambió por otro, uno que casi nunca se sacaba sus anteojos de sol.

II

La señorita lo dejó porque una noche, al confesarle ella que lo necesitaba para ser feliz, él respondió que lo que él necesitaba era a alguien que no lo necesitase. Eso fue entrando a la casa, mientras trataban de hacer encajar la llave en la cerradura. Durmieron bien, como duermen los buenos borrachos, y al día siguiente ella le dijo que ya no quería estar junto a él. El muchacho pidió explicaciones, pero ella no quiso dárselas. Luego, indignado, el joven tomó sus cosas y se fue. Mientras caminaba a tomar la micro, recordó la conversación de la noche anterior y se detuvo a pensar. Se sonrió, pensó dónde podría haber una botillería por ahí cerca y fue por una lata de cerveza de medio litro.

III

Un joven adolescente besa al fin a la señorita que le gusta. Ella está feliz junto a él de espaldas sobre el pasto de una plaza. El joven piensa que quiere estar así por el resto de su vida. Las palabras le queman en el pecho y las dice: le confiesa que está enamorado. La joven no sabe qué responder y sonríe. Se despiden y el adolescente llega desesperado a su casa. Nunca más pudo dejar de tomar sal de frutas.

IV

Un joven enamorado invita a un bar a su posible futura pareja. Ella acepta. La noche anterior está tan nervioso que pasa dos horas frente al espejo. Revienta espinillas, granos y destroza poros, dejándose el rostro hinchado y agujereado. No sabe qué hacer, y en su esfuerzo por arreglarlo incrementa la hinchazón. Esa noche no duerme. Al día siguiente se debate frente al teléfono: su opción es posponer una o dos semanas la cita, hasta que el desastre haya desaparecido de su rostro. Pero teme que ella se aburra de esperar, y empieza a especular con desgracias shakesperianas. Decide que si la mujer es verdaderamente aquella que él ama, entonces no lo rechazará por el estado de su rostro. Se reúnen esa noche en un bar sin mucha luz; beben licores fuertes y ríen de las mismas cosas. El joven está feliz, hasta que ella, mientras cuenta una historia, levanta sus brazos dejando ver muchos pelos bajo su axila. El joven se descompone y nunca más la invita a salir. No era su mujer verdaderamente amada.

V

Despertaron juntos. Ella estaba arrepentida. Aún había fluidos húmedos en las sábanas. Una señora tocó el timbre ofreciendo panfletos de una campaña política. El adolescente estaba de tan buen humor que caminó hasta el portón para recibir los papeles. Le dieron ganas de decirle a la señora de los panfletos que estaba con una mujer en la cama, pero se remitió a sonreír. Era publicidad para las senatoriales. Una foto de Lagos Weber sonriente, juvenil, con una tipografía desordenada, alocada, que llamaba a votar. Voy a votar por este güeón, se dijo el joven. La mujer de los panfletos no votó. La niña arrepentida recibió unas caricias y una vez más se dejó penetrar, arrepentida.

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