
El viernes fui al estreno de una obra de teatro en un edificio que se llamaba y quedaba en Lastarria 90. Cuando las puertas de la sala se abrieron, nos hicieron pasar al último piso del edificio, a la azotea. Nos sentamos en una galería para no más de 40 personas y otros adjudicaron sillas. Delante de nosotros un cubo de colores mantenía su posición. Por encima nuestro el brazo de una grúa amarilla colgaba a gran altura, y alrededor, algunos edificios del centro de Santiago que se elevaban más altos que el de Lastarria 90.
Junto con un viento propio de la altura y un bailable sabroso salió al escenario la única actriz de Ciclo, Paulina Hunt. La obra consta de ocho monólogos de distintos personajes, todos mujeres, que finalmente conforman un relato sobre todos nosotros con su enfoque particular: la mujer en esta época, la violencia, el materialismo. Son ocho escenas que varían desde una mujer que se opera y se opera porque “no está conforme” hasta la representación de una que recién se entera de que tiene cáncer o una que debe cuidar sus pertenencias de su hijo que le roba para conseguir drogas.
Todas las ocho escenas, en su orden, conforman un relato sobre una transformación, un proceso de cambio interior en las personas que es necesario para detener la violencia, para algunos tan natural en este planeta de sufrimientos. Comenzamos presenciando mujeres aplastadas por su vida y sus circunstancias: una niña, por ejemplo, cuya madre la quiere hacer ver como una muñeca, perfecta, y que el padre abusa de ella; luego, en la obra tenemos un quiebre, una escena tan importante como para marcar un cambio: la escena de una señora hablándole a una animita, contándole cómo superó la violencia, cómo tomó una decisión y va a dejar la defensa para hacer algo, así demuestra el valor de mirar a los ojos a los suyos y decirle las cosas. Luego vienen otro tipo de personajes, mujeres con iniciativa con la fuerza necesaria para enfrentar y decir “adiós a la violencia”: la mujer con cáncer que decide no suicidarse para darle un sentido a su vida. Así, Ciclo nos está ofreciendo un viaje a través de el personaje de la mujer, representado por diferentes y variadas mujeres.
Como toda redacción lleva su conclusión, este gran relato transformador la tiene: una escena final en que la actriz aparece dando la sensación que quiere provocar la obra, que esta mujer que vemos acá es todas las mujeres, como un personaje salido del coro, y que tiene una fuerza para mirarnos a los ojos, a nosotros, al público, y darnos el mensaje: “La guerra terminó”.
Creo que no corresponderían los fuertes colores de la escenografía, un carro multifacético que contiene en si los ocho mundos diferentes, con un monólogo de una persona hablando y hablando. Por esto, Ciclo no es así, sino llena de música, bailes, escena que son metáforas sociales, que van desde los dramas más punzantes hasta comedias que hacían viajar la risa del público a través de la ciudad.
Porque el lugar no fue menor. El hecho de estar fuera de un teatro negro y oscuro tiene su incidencia en todo esto. La obra se desarrolla en medio de la ciudad, en medio del mundo, con todos los ruidos de la calle y la voz de la actriz rebotando por los pasillos del centro. La fuerza que le da esto al mensaje de la obra, es la sensación de que estamos ahí, de que realmente se está dando un mensaje y se está realizando el cambio que nos muestra. Estamos en la realidad, más allá del teatro, y esta transformación está ocurriendo en el mundo.
Funciones: todo Diciembre: Jueves, Viernes y Sábados. A las 22:15 horas, en Lastarria 90. Valor: Jueves $1500, Viernes y Sabado $4000. Estudiantes y tercera edad $2000.
Teléfono: 3351447
Página web:





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