Esta semana les presentamos un suceso ocurrido hace poco, en una casa cualquiera, en la que quizá había algún amigo nuestro. Es una historia de los títeres de hoy, los amigos condescendientes.

El sábado pasado fui a un asado en la casa de un primo. Se celebraba otro aniversario de la fecha de su nacimiento. Estaban todos sus amigos: unos muchachos sonrientes, con chaquetas azules, camisas medio abiertas, zapatillas de colores. Buena gente, muy amigable. Estaban todos ellos y sus muchachas, todos de la mano, conversando de televisión y de deportes. Tomando licor de papa, del ruso, del más caro. A eso de las dos de la madrugada, estábamos todos inevitablemente borrachos y, tras la torta, comenzaron los discursos acerca de la amistad.
Alguien se puso a hablar de la amistad aristotélica: de que no era posible tener muchos amigos, y que la escasa concurrencia de ese día hablaba de una verdadera amistad. Hizo un salú y abrazó a mi primo en medio de un mar de aplausos y lágrimas ebrias. Otros hablaron de las cualidades y los dones de mi primo, y otros hicieron referencia al calor hogareño de la casa en la que se encontraban. Era todo perfecto, hasta que uno de los amigos –quien, al parecer, había suspendido repentinamente un tratamiento con antidepresivos– se largó a llorar y pidió la palabra golpeando su copa con una cuchara.
Se puso de pie, pidió disculpas, y se largó con un discurso que intentaremos resumir acá. En primer lugar confesó estar profundamente decepcionado de sus amigos, y empujó a su novia, quien se abalanzaba para quitarle cariñosamente la palabra. Empezó a hablar de que sus amigos eran muy condescendientes, de que siempre se daban la razón los unos a los otros, y de que en el fondo no eran honestos.
Ante el silencio anonadado de los celebrantes, el hombre les preguntó que qué les pasaba. Los insultó a todos y les dijo que así no llegarían a ninguna parte, que no avanzarían en nada, que sólo lograrían seguir viviendo en un sueño en el que ellos son los personajes principales, ignorando que existe un mundo inmenso repleto de personas que buscan la “verdad”.
“¡Hay que ser honestos con nosotros mismos! ¡Buscar la verdad en las cosas y no sólo la falsa felicidad de la complacencia! ¡No nos engañemos más!”. Después de esos gritos, el sujeto levantó la copa y brindó por la verdadera amistad, la que él no tenía. Les dijo a sus amigos que prefería la soledad que a esa manga de blandos complacientes, y se largó a llorar. Su muchacha lo abrazó, le quitó la copa y pidió disculpas a la gente, que murmuraba garabatos confundidos.
Luego el hombre se fue, absolutamente borracho, y el cumpleaños siguió su curso normal. Nadie comentó nada respecto al incidente, y nadie pareció habérselo tomado en serio. Al día siguiente, en una comida familiar, hablé con mi primo, quien me confesó que no se acordaba bien de las palabras de su amigo. Me contó que lo había llamado en la mañana y que le había pedido disculpas, y que, naturalmente, él lo había perdonado. Que se prometieron amistad eterna y se dijeron grandes amigos, verdaderos amigos.
No me quedó más que reírme para mis adentros.




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